“Si alguien sabe dónde está mi hija, que lo cuente, ya no irá a prisión”

Es el llamamiento desesperado de la madre de Maritere. Su caso tiene semejanzas con el de Diana Quer. También había un depredador sexual

Por Teresa y Antonio ha pasado el tiempo con especial saña: llevan un cuarto de siglo esperando a que aparezca su hija Maritere, la joven de 18 años que salió de casa una tarde en plenas fiestas de Motril (Granada), y no regresó jamás. Había quedado con Philip Hassan, un chico con el que llevaba poco tiempo de noviazgo. Iban a ir al concierto de Café Quijano. “Y yo le dije de llevarla hasta allí”, recuerda Antonio con el pesar de asumir la respuesta que hoy desearía no haber aceptado entonces: “No hace falta que me lleves hasta allí, papá”, le dijo una Maritere que había entrado una semana antes en la edad adulta. Confiado, su padre la dejó en la parada del autobús por la que en estos 25 años ha pasado incontables veces.

Una respuesta policial insuficiente

Como tantos familiares, disconformes con los cauces oficiales, pusieron en marcha una investigación en paralelo. Su periplo ha sido descorazonador. Han visitado comunas hippies, clubes de alterne y bares de carretera; camioneros y pescadores hicieron sus rutas por tierra y mar con la foto de Maritere. Pista que llegaba, pista que seguían. Incluso han buscado el cadáver de su hija en calas y barrancos. Desolados ante una respuesta policial que siempre han calificado de insuficiente. Por aquel entonces se practicaba esa regla no escrita de esperar 48 horas para cursar una denuncia por desaparición, algo impensable hoy en día. Esa primera línea temporal es crucial para recabar pistas y testigos, máxime si se baraja que haya terceras personas implicadas.

La familia de María Teresa Fernández nunca dudó de que la desaparición fue forzosa, no por su propia voluntad: “Siempre había sido una niña muy responsable. Nunca se retrasaba. Era muy confiada, muy, muy buena”, recalca su madre, que ha rechazado cada retrato robot que le han ofrecido en estos años: “Porque esas versiones de ella, esas caras de mujer no son mi hija. Mi Maritere se quedó en los 18 para siempre, con su carita preciosa y sus labios gorditos”. Le es imposible contener las lágrimas al decirlo.

¿Se cruzó Maritere con un depredador sexual?

Con cada alerta de una joven desaparecida, los Fernández Martín han revivido su propia historia de miedos y ausencia. El caso con el que más semejanzas han encontrado en estas décadas ha sido el de Diana Quer. Ambas tenían la misma edad, desaparecieron en un ambiente festivo en pleno mes de agosto -con 16 años y cuatro días de diferencia-, una salía de casa y la otra regresaba, y ambas mandaron un último mensaje importante en la investigación. Diana se lo envió a un amigo, cuando caminaba de madrugada, sola, por el paseo coruñés de A Pobra do Caramiñal: “Me estoy acojonando, un gitano me está llamando (…). Morena, ven aquí”. Sabía que la seguían. A María Teresa la esperaba su novio y ella iba con retraso: “Puede que tarde, pero voy. Espérame“.

Ambas se cruzaron con alguien en su camino. Diana Quer con José Enrique Abuín, El Chicle, que cumple prisión permanente revisable por asesinarla y agredirla sexualmente en 2016. Pero sigue siendo una incógnita con quién se topó la joven granadina. En la investigación surgió el nombre de Tony King, el asesino de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, quien en el año 2000, cuando desapareció María Teresa, ya había matado a Rocío y tres años después haría lo mismo con Sonia. También en el mes de agosto, a mediados. Los padres de Maritere lo visitaron varias veces en la cárcel de Albolote, con presencia policial. King había escrito alguna carta hablando de “la joven de Motril” y señalando a un hombre que para él era como su “hermano”, Robert Graham, el británico acusado de encubrirle en sus depravaciones y crímenes. Otro ser despreciable.

“Te digo dónde está tu hija si me das 20.000 pesetas”

Pero esa línea de investigación no fructificó. Luego llegaron los anónimos, en misivas elaboradas con recortes de letras de periódicos. Igual que hubo pistas falsas con falsas promesas. “Hemos sufrido miles de estafas. Venían a casa y decían: ‘Te digo dónde está tu hija si me das 20.000 pesetas’, recuerda Teresa. “La más gorda fue en la que pagamos 250.000 pesetas, con contrato de por medio. Vinieron a casa dos señores, uno americano y otro que traducía. Nos dijeron que nos daban una carta y que en esa carta estaba el sitio donde estaba mi hija. ¿Qué haces ante algo así? Al principio dudamos. Pero y si le dices que se vaya y te quedas de por vida con la duda”.

Y esa eterna duda y la esperanza imperdible es lo que les ha movido a dar un paso más hace unos meses. A través de Facebook, y asesorada por los investigadores, la hermana mediana de María Teresa, la que tendría que haber ido a recogerla aquella noche de vuelta de la feria y a la que más le han pesado estos años, lanzó este mensaje: ”El delito ha prescrito. Ya ni tú ni nadie tendrá que vérselas con la justicia. Si todavía no has hablado, hazlo ya. No tendrá consecuencias legales, pero al menos podremos recuperarla y descansar”.

En realidad, es un grito al cielo. “Nadie sabe lo que es vivir con un desaparecido. Es un dolor crónico, una herida abierta”, explica Teresa, que hasta hace dos años conservaba el cuarto de su hija tal cual lo dejó ella cuando desapareció, con el papel colgado en la puerta en el pintó su nombre con rotuladores de colores; y la misma colcha, las cortinas, sus zapatos… “Para mis nietos siempre fue la habitación de la tita Maritere. Pero un día me di cuenta de que estaba todo ajado, descolorido y que me entristecía aún más… Así que pintamos y dejamos los títulos, algunas de sus cosas y hasta el póster del Che. El resto lo enterramos en el cortijo, porque no podíamos deshacernos de sus cosas sin más. Es lo que nos queda. Eso y el recuerdo”. A ella y a su Antonio. Hace 10 años tuvieron que dar juntos otro paso durísimo, como le sucede a tantos familiares de desaparecidos. Tuvieron que oficializar la muerte de María Teresa para evitar complicaciones futuras con la herencia. Ellos ya están en los 70 y más de un tercio de su vida la han dedicado a buscar a su hija: “Sin él, sin mi Antonio, estos 25 años no habrían sido igual -destaca Teresa-. Cuando uno se hunde, que pasa a menudo, por desgracia, el otro lo levanta. Se lo debemos a Maritere”.

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