Tenemos la Semana Santa a la vuelta de la esquina. En muchos lugares volveremos a ver a las cofradías sacando sus pasos y a los nazarenos de las hermandades celebrando uno de sus días grandes del año. Y muchos de estos nazarenos llevarán su rostro tapado por la tela que cae desde la punta del capirote que llevan en la cabeza. Y es que hoy los capirotes los identificamos como parte del traje de los nazarenos que salen a procesionar, pero estos capirotes, hace siglos, formaban parte del castigo de los condenados a muerte. Además de la pena de muerte, los condenados sufrían la humillación y vergüenza pública de ser expuestos con ellos.
Y es que, en la antigüedad, en algunas sociedades, la vergüenza formaba parte del castigo a los delincuentes. Otros tipos de castigos de vergüenza en el pasado iban desde la exposición pública de la persona desnuda a la exposición en un cepo en la vía pública, para escarnio del delincuente. Hoy estos castigos nos parecen de otra época, y de hecho lo son. A las pruebas me remito, si vemos alguien con un capirote por la calle, pensamos que va camino de su cofradía para salir en procesión.
Pero la vergüenza también parece algo del pasado. Y es que vemos cada día, yo lo veo y supongo que tu también, un montón de acciones que son vergonzosas pero que no causan ninguna vergüenza en quien las realiza. Todo lo contrario, estas personas, en vez de sentir vergüenza, sacan pecho, lo niegan todo y dientes, dientes, que decía la folclórica.
En su Ética a Nicómaco, Aristóteles definió la vergüenza como el miedo a la deshonra. Decía el filósofo que «la vergüenza nunca se da en el hombre de corazón completamente recto, puesto que aquella se produce como resultado de las malas acciones, y un hombre de bien jamás debe cometerlas».
Según la psicología, la vergüenza es una emoción social. Como el resto de las emociones que sentimos, tiene una función: lograr que nos adaptemos a las normas sociales y así facilitar el funcionamiento de la sociedad. Podría decirse que la vergüenza sirve para que las personas nos adaptemos socialmente al grupo en el que vivimos. La vergüenza surge cuando nos sentimos mal, bien sea por alguna acción que hemos cometido o porque sentimos humillación respecto al resto de las personas. Hoy parece que a una mayoría le da igual todo esto.
“Casi me muero de vergüenza” me dijo mi amiga después de contarme lo que había hecho su perro en uno de sus viajes. “Pero si tú no hiciste nada, fue tu perro y además, que es un perro y no sabía lo que estaba haciendo” le contesté. “Pero ya me conoces, yo me moría de vergüenza”. “Ahora entiendo yo la cantidad de sinvergüenzas que hay por el mundo, tienes tú toda la vergüenza que no tienen ellos” le dije.
Con tristeza lo vemos todos los días. Lo que hacen y han hecho nuestros políticos y gobernantes, pero parece que a ellos no solo les da igual, sino que tengo la sensación de que se mueven por la vida como si además les debiéramos algo y a menudo mostrando incluso superioridad moral. Y un problema añadido es que esta falta de vergüenza es lo que permea a una buena parte de la sociedad. Total, si los que gobiernan, o están por los alrededores, hacen lo que hacen, por qué no voy a poder hacerlo yo y tampoco tengo por qué avergonzarme.
En una de las historias de las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, hay unos marcianos encerrados en un manicomio que son capaces de proyectar sus alucinaciones de manera que los demás las ven como si fuera la realidad. Me pregunto si quizá es que los que nos gobiernan creen que tienen ese poder, que los demás no vemos lo que hacen, que lo que vemos son sus alucinaciones.
A ver si va a resultar que estamos todos en Marte, no nos hemos enterado, y por eso algunas cosas van como van.
Tendré que volver a la crónica marciana para ver como terminaba la historia, porque ahora mismo no lo recuerdo. Y si el final no me gusta, al menos me quedará el placer de haber vuelto a leer a Bradbury.