Hay en ciertas personas una incomprensible querencia al masoquismo, un empeño irrefrenable por hacer trizas su reputación, por enterrar todo lo bueno que pudieron llegar a hacer algún día. Éstos suelen ser seres que o bien andan arrastrándose por un precipicio vital, coqueteando con la dejadez, o bien se han acostumbrado a caminar por el mundo por encima de los adoquines del bien y el mal, haciendo gala de una prepotencia que les ha nublado el juicio y que les ha potenciado un egoísmo que les tiene condenados a una eterna metedura de pata.
Está el artista que estropea sus grandes hits por una inercia caprichosa, por un cansancio mezclado con la certeza de que la juventud pasó y que el tiempo de las grandes composiciones llegó a su fin. Cada uno somos dueños de nuestros legados, de nuestros aciertos y nuestros errores, pero causa cierta pena y desasosiego ver cómo hay ocasos tan fúnebres que se empeñan en teñir de sombras lo que hasta ayer eran luces. Nunca dejará de ser triste cómo hay personajes que disfrutan manchando sus biografías, llenándolas de tachones. Y más aún cuando comprobamos que se sienten tan por encima de nosotros que se dedican a subrayar su desvergüenza con pasmo y tronío.
A Juan Carlos de Borbón la historia lo tendrá que juzgar con dos bisturíes. El primero deberá abrir en canal aquella etapa en la que aún camuflaba bien los recovecos de su personalidad, en la que, a lomos de un secreto a voces que se acomodaba en un pacto tácito, desempeñó un papel que ha sido fundamental y necesario para transformar nuestro país. Y el otro, el segundo filo, tendrá que diseccionar irremediablemente esta otra época en la que, suelto de manos y totalmente desinhibido, decidió quitarse la careta y airear sus más bellacas miserias, acelerando como un kamikaze por la autopista de un descrédito ávaro, injusto e irresponsable, porque no sólo lo condena a él y a su figura, sino que supone una losa gigantesca en la espalda de un hijo que va cargando con los pecados de un progenitor desconsiderado.
Ya lo hemos dicho muchas veces: actualmente, Juan Carlos de Borbón es el mayor enemigo de la monarquía en este país. Sí, suena paradójico, pero es que todo en él lo es. Hay quien no es capaz de entender cómo alguien golfo y vividor pudo hacer el bien a una patria mientras, a la vez, profanaba la ejemplaridad por detrás. Ya sé que es complejo de entender, pero es así. Aquí también entra a jugar ese celebérrimo dilema de separar el autor de la obra. El hombre que escribió con la tinta de la bohemia las páginas más doradas, modernas y estables de nuestra historia moderna es el mismo que hoy ha pasado página y anda desbocado echando a una pira su recuerdo. Queda claro que va sin frenos, que ha descontado todo, que se siente en una recta final vital en la que no le importa nada más que él, su disfrute y su hedonismo.
Esa es la única explicación plausible que se le puede dar a la inconcebible, por torpe y chusca, bravuconada de esta semana. Es insólito ver cómo desde su exilio ha decidido no sólo volver a echarse el foco encima quebrantando la sagrada ley de que hay veces que uno callado está más guapo, sino que además lo ha hecho emprendiendo acciones legales contra la peor de las personas contra las que podría haberlo hecho. Contra Miguel Ángel Revilla, contra un showman con incontinencia verbal, un adicto a los saraos, al que le ha regalado la oportunidad perfecta para entrar en escena y, de paso, promocionar sus libros y su merchandising. Y esto lo ha hecho en base a la defensa de un honor que él mismo lleva años esmerándose en arrugar y pisotear.
Desde el punto de vista jurídico no sé si es el disparate que a todas luces parece ser, pero desde el prisma de la comunicación ya les digo que es una jugada sin pies ni cabeza, que solo puede nacer de un afán de diversión gagá, de un sujétame el cubata, que quiero reírme de todo el mundo, que antes de enterrarme en el olvido voy a volver a dar motivos para que me zurren. La estrategia no sólo es inconcebible en forma y fondo, es imposible elucubrar un argumento sólido que justifique que alguien desde su posición se dedique a levantar voluntariamente a sus fantasmas, sino que también sorprende el momento en el que se hace, ya que supone una auténtica bombona de oxígeno para la agenda de un Gobierno muy beligerante con su figura y su legado, que andaba acorralado con el bochornoso papel de María Jesús Montero y su dislate sobre la presunción de inocencia.
A uno ya le da por pensar que el antiguo monarca se ha podido sentir celoso o nostálgico de aquella tesitura de las disculpas y no quería que las de la vicepresidenta pudieran entrar en el top de las más vergonzantes de nuestro país y hacerles sombra a las suyas. Es extraño el momento elegido, al igual que es curiosa y reseñable la elección de la persona que librará esta batalla jurídica. Juan Carlos ha prescindido de sus habituales abogados para hacer tándem con Guadalupe Sánchez, la brillante y avezada letrada que está llevando la defensa de Alberto González Amador, la pareja de Isabel Díaz Ayuso. Puede ser casualidad, claro que sí, pero también puede ser una de esas deliberadas decisiones que pasan por coincidencias.
No obstante, y pase lo que pase, en esta mano el emérito a priori no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. No solo él, que ya nos queda claro que ha perdido el norte, sino su hijo, cuyo único escándalo reseñable es aparecer con la cara quemada en un acto, y que, además, pidió disculpas por ello. Justo cuando la Casa Real va viento en popa tras haberse encumbrado en su actuación frente a la catástrofe valenciana, cuando anda empezando a pillarle el pulso y el son a la sociedad española, reaparece Juan Carlos con esta pataleta para tirar por tierra y ensombrecer el encomiable trabajo institucional y comunicativo de los pocos bastiones del Estado que están manteniendo con pulcritud los estándares de ejemplaridad en estos momentos raros y convulsos.
Desde aquella cacería en Botsuana y ese lamento con la boca chica, el único acierto que se le conoce al emérito es el de abdicar en favor de alguien preparado, sobrio, elegante y trabajador que ha sabido encauzar una compleja situación y dotar a la institución del prestigio y las formas que merece. Es terriblemente injusto y desconsiderado lo que está haciendo Juan Carlos contra la propia corona que portó, pero más aún si se analiza desde el prisma del flaco favor de un padre hacia su hijo. Miren cómo son las cosas, hoy Juan Carlos, el campechano, el patrón del Bribón, se ha convertido en el elefante en una habitación llena de espejos que proyectan las vergüenzas de un hombre que podría haberlo sido todo y que está empeñado en despeñar su legado por el vertedero de la historia. Es muy triste, pero todo apunta a que se ha perdido el respeto a sí mismo. Que alguien, por favor, le quite la escopeta.