Internet le dio garrote al misterio y, desde hace años, acude uno a los conciertos sabiendo de antemano el repertorio que el artista X interpreta en su gira Y. Así, por enésima, sucumbí ante la tiranía barata de la curiosidad, mandé a la magia al carajo y, tras un bicheo somero por la red, me he enterado de que Joaquín Sabina ha recuperado, en estos conciertos finales suyos, en este Hola y adiós sin puntos suspensivos, “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, una canción fantástica que alumbró para una banda sonora –de la película Sinatra, dirigida por Francesc Betriu y protagonizada por Alfredo Landa– y que, tal y como contó años después en una entrevista concedida a Canal Plus, “se impuso sobre mí y exigió que la grabara de otro modo”.
Desconozco hasta qué punto la música influye en el feto. Lo que sí sé es que mi madre, cuando yo okupaba su barriga, escuchaba sin parar El hombre del traje gris, el sexto disco de estudio del ubetense, o sea, el que albergaba la rola que nos ocupa. Y tengo más que clarinete que algún tipo de huella sonora profunda e inconsciente debió dejar en mí porque, con tan sólo escuchar el punteo inicial, me zarandea un estremecimiento leve, me recorre un chispazo eléctrico y frío. Algo pasa. Algo pasa que sólo me pasa con esta canción.
“¿Quién me ha robado el mes de abril?” es una pieza temible, implacable, fatalista y hermosísima. El hombre del traje gris que habita en la posada del fracaso, la chica de BUP a la que preñaron y la madre a la que el marido dejó por una peluquera veinte años menor protagonizan tres microcuentos líricos tristísimos que desembocan en un estribillo imbatible, perfecto, que arranca con una pregunta desesperada y que concluye con un complemento de lugar resignado: “Lo guardaba en el cajón / donde guardó el corazón”. “Me gusta mucho compartirla con el público –declaraba el autor–. Ahora, cuando encuentre a la hija de puta que me lo robó…”.
Hace veinticinco/treinta años, a falta de Youtube, en mi casa grabábamos en una cinta de vídeo las actuaciones televisadas de Sabina. Me gustaba especialmente un concierto para la Fundación Pablo Milanés en el que, junto al cantautor cubano, el español cantaba “¿Quién me ha robado…?” y “Que se llama soledad”. Aquel tesoro fue mancillado por mi hermana, que grabó no sé qué chorrada encima, y que le costó que sumergiera en un cubo de agua su Tamagotchi, o algo por el estilo. Al lustro, me hice con un concierto emitido por el Plus, de cuando la gira 19 días y 500 noches, en el que Sabina anticipaba su himno con un soneto magnífico: “¿Quién sangra por do más pecado hubiere? / ¿Quién me cambia por tul desilusión? / ¿Quién sazona el amor con alfileres? / ¿Quién me descorazona el corazón? (…) ¿Quién roba, silva, reza, desayuna? / ¿Quién planta girasoles en la luna? / ¿Quién coño me ha robado el mes de abril?”.
Pasan los años, el florido y luminoso abril conquista el calendario e, inevitablemente, lo asocio a una canción que, según la web Setlist.fm, Sabina llevaba sin cantar desde 2013. Ahora, me pongo en Youtube una interpretación reciente y pésimamente capturada con un móvil –admito cierto grado de masoquismo– de “¿Quién me ha robado…” y, en cuanto el guitarrista Borja Montenegro rasguea las primeras notas, noto cómo el mundo se detiene. Y constato, huyendo en vano de la cursilería, el inmenso poder que puede llegar a tener una canción tan cojonuda.