Ayer tuve que despedirme de uno de los seres que más me han acompañado y querido en los últimos años, mi gata Castaña. Juntas hemos pasado horas infinitas de amistad, confidencias, penas, celebraciones, juegos, siestas y hasta yoga: en cuanto me veía desplegar la esterilla, allí se plantaba a mi lado y permanecía cerca durante toda la sesión, orgullosa de formar parte de mi rutina.
Hoy estoy de luto. No solo la echo terriblemente de menos, sino que soy consciente de cuánto la seguiré añorando durante mucho tiempo, con esa consciencia de la pena futura y larga que forma parte indisoluble de cualquier duelo. Durante casi toda mi vida he tenido perros y gatos, y sé muy bien cómo me dolerá su ausencia, lo mucho que perdurará la herida, hasta que llegue lentamente esa dulzura tan especial que siempre termina por extenderse sobre el recuerdo de los seres queridos que se han ido.
Hay quien no lo entiende, soy consciente de ello. Gentes que probablemente no han convivido nunca con un animal no humano —ni pretenden hacerlo— y a quienes les resulta despreciable el sentimiento de dolor por la muerte de una gata o de una perra. Ellos tal vez no me entiendan a mí, pero yo, se lo aseguro, los compadezco a ellos por perderse ese regalo de la vida. Hay pocas relaciones tan profundas, tan puras, inspiradoras, enriquecedoras y tranquilizadoras como las que podemos establecer con esos seres que, a veces, deciden ser nuestros compañeros y nos adoptan para cuidarnos y hacerse cargo de nosotros.
No, no acabo de escribir lo primero que se me ha pasado por la cabeza, ni tampoco me he vuelto loca. Sé bien cómo han sido mis relaciones con mis perros y mis gatos: yo he asumido proveerlos de alimentos, casa y cuidados veterinarios. Ellos me hicieron a mí el enorme favor de aceptarme como compañera, quererme, entenderme y darme un apoyo y una alegría sin límites ni fallas, como pocas personas en el mundo son capaces de dar. Recuerdo haber leído a un prehistoriador preguntarse si fue la especie humana la que domesticó al perro y el gato, o el perro y el gato los que domesticaron a la especie humana. ¿Quién obtiene más beneficios en esa relación milenaria? ¿Estamos totalmente seguros de esa superioridad sobre ellos de la que tanto presumimos? Personalmente, tengo infinitas dudas al respecto, y estoy convencida de que todos los animales cuadrúpedos que han pasado por mi vida me han dado mucho más a mí de lo que yo les he dado a ellos. Solo puedo darles las gracias por haberme elegido para pasar un rato conmigo.
Mi amor por los animales caseros se extiende en forma de respeto y admiración hacia todos los demás. Hace alrededor de un mes, las cigüeñas regresaron al pueblo de la montaña del norte en el que suelo pasar mucho tiempo. Desde ese momento, quedó claro para los vecinos que ya no volvería a nevar o que, de hacerlo, serían nevadas poco intensas, como así ha sido. Igual que nosotros hacemos con nuestras casas familiares en el campo cuando volvemos a ellas, esas extraordinarias cigüeñas ocupan y rehabilitan una y otra vez los mismos nidos, hogares que están ahí desde tiempo inmemorial. Hay años en los que no se van, y entonces todos damos por hecho que ese invierno será clemente y suave. Desde niña, no he dejado de asombrarme ante su memoria colectiva, el cuidado que les dan a sus espacios, su conocimiento de los caminos aéreos que los llevan al sur y de vuelta al norte. Y, sobre todo, no he dejado de preguntarme cómo es posible que unos pájaros a los que suponemos “inferiores” en inteligencia, conocimientos y tecnología, sepan muchísimo antes que nosotros, con todos nuestros sofisticados sistemas, qué tiempo va a hacer en los siguientes meses. ¿Soy yo de verdad “mejor” que ellas?
Cuando vuelven las cigüeñas, sé que al mismo tiempo se está poniendo en marcha un ciclo estacional en el que miles de animales no humanos serán perseguidos, torturados y asesinados en las infinitas “fiestas” populares de este país, para regocijo de otros cuantos miles de animales humanos. Sospecho que la empatía de estos últimos es bastante menor que la de los seres a costa de los cuales van a divertirse mientras dan rienda suelta a esa inadmisible arrogancia de nuestra especie que tanto daño ha causado, causa y —me temo— causará.
Jamás he comprendido esa carencia de sensibilidad, esa convicción de que el sufrimiento de las demás criaturas puede ser puesto impunemente al servicio de nuestras juergas (o nuestros supuestos ritos, según quienes quieren disfrazar esa crueldad de contenido profundo). Detesto que todo eso, desde la testosterónica fiereza de los sanfermines hasta la última violencia ejercida contra el animal que sea en el pueblo más remoto del mapa, represente de alguna manera la mal llamada cultura de buena parte de nuestro país, y sigo aspirando a que algún día corridas, encierros y demás actos de tortura desaparezcan definitivamente. Los ojos de Castaña mientras nos despedíamos ayer no hacen más que intensificar ese deseo. Bendita seas, gatina querida.