Podía parecer que uno estaba curado de espanto con todo lo que había visto en los últimos meses o en los últimos años, pero no, todavía quedaba espacio para el asombro, al menos a mí me quedaba. Hablo, sí, por el título de la columna lo habrás adivinado, de lo que está sucediendo en la política.
Quizá esta columna me salga un poco filosófica, pero es que no puedo evitarlo. Viendo el panorama actual, me acuerdo de tantos textos que leí y estudié relacionados con la política, con la ética y con la moral, cuando estudiaba Filosofía en la Universidad.
Y lo primero que me vino a la memoria fue la figura de Immanuel Kant, el filósofo prusiano del siglo XVIII que en su imperativo categórico recogió algo parecido a lo que a mí tantas veces me enseñaron en casa. Porque a mí me decían siempre, desde pequeña, «no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti», y Kant dejó escrito en su imperativo «obra sólo según una máxima tal, que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal». Traducido: que pienses si lo que estás haciendo es algo que quieres que hagan los demás.
Y es que uno ve lo que ve y piensa, yo desde luego lo pienso, que una parte de la sociedad ha perdido el mínimo moral, pero lo peor es que muchos de ellos son políticos y algunos hasta nos gobiernan y otros muchos los apoyan. No hace falta dar ejemplos, por desgracia estamos rodeados.
Oímos hablar de ética y de moral y a menudo no sabemos diferenciar lo que es una cosa y lo que es la otra. En filosofía, la ética es una reflexión sobre lo bueno y lo malo, lo correcto en las acciones humanas, mientras que la moral es el conjunto de normas, valores o costumbres que funcionan como directrices en nuestra sociedad. Todos tenemos una moral que nos guía y todas las sociedades se dotan de normas para la buena convivencia de quienes las componen.
Aristóteles, en el siglo IV a. C., consideraba la ética y la política como dos campos de estudio separados pero relacionados, ya que la ética examina el bien del individuo, mientras que la política (de polis=ciudad) examina el bien de la ciudad y considera el mejor tipo de comunidad que puede tener. Para este filósofo la ética sin política perdía la capacidad de poder hacer el bien en la sociedad, la experiencia nos muestra que otro problema es cuando la política deja la ética a un lado.
Antes de Aristóteles y muchos siglos antes de Kant, Sócrates hablaba (ya que nunca escribió nada) de la areté, que podría definirse como la virtud de cada uno, la excelencia a la que uno puede llegar en un sentido moral y a la que se llega por voluntad propia y sin imposición externa. Claro que este filósofo creía que el hombre se comporta mal porque es ignorante y cree ver el bien donde no existe y considera como bueno algo que en verdad no lo es. Porque según Sócrates, si el hombre conoce la verdad, que él identificaba con el bien moral, no puede por menos que practicar el bien. Y es que, para Sócrates, la maldad no era sino ignorancia. Visto lo visto, sonrío ante el optimismo de este filósofo ateniense del siglo V a.C.
En 1857 se creó en España la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, un espacio de encuentro y debate de los saberes sociales, económicos, filosóficos y político- jurídicos. Esta Academia, creada con posterioridad a la de la Lengua, la de Bellas Artes de San Fernando, la de la Historia y la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, sigue teniendo actividad ya que sus 44 miembros se reúnen en pleno cada martes para seguir tratando temas.
Me pregunto si uno de los temas que se llevan a pleno los martes no debería ser como hemos llegado hasta aquí en la política, como seguimos viendo lo que vemos, con qué descaro se justifican actuaciones que son injustificables (a menudo se siente vergüenza ajena) y cómo renovarlo todo, pero de verdad, no con renovaciones que con el tiempo devienen en “el mismo perro con distinto collar” o algo peor.
Quizá entonces podríamos volver a Kant y conseguir que muchas personas sintieran asombro, pero no el que describí yo al abrir esta columna, sino el asombro que sentía el filósofo y describió de esta manera: «Dos cosas me llenan la mente con un siempre renovado y acrecentado asombro y admiración por mucho que continuamente reflexione sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí».
Ay, Kant, si mucha gente ya ni mira al cielo para ver las estrellas…