Otra semana más nos enfrentamos a un nuevo ejercicio propagandístico del Gobierno de nuestro país, más enfocado siempre en venderse que en gobernar, en figurar que en gestionar, en contentar a sus insaciables socios que en pensar en el futuro de los españoles. No obstante, este nuevo aquelarre ilusionista y falsario se revela como especial por el esmero y la dedicación que han puesto en él. Se juegan mucho en que cale fuerte la confusión en la ciudadanía. En esta nueva pantomima, que tiene como primer y último motivo la más rotunda necesidad (debilidad), nos van a tratar de convencer de que aquella exigencia de los independentistas de ERC de condonar la deuda catalana para hacer presidente a un señor que había perdido las elecciones, en realidad se va a convertir por arte del mecanismo de voceros mediáticos de La Moncloa en una maravillosa noticia para los demás españoles. Incluso, y, sobre todo, para los que vivan en comunidades autónomas gobernadas por el PP.
Por mucho que se empeñe la ministra de Hacienda en ahora presentarnos la nueva carambola como un plan premeditado, solo hay que tener un poco de memoria y hacer el ejercicio de echar la vista atrás para saber que lo que hoy proponen solo es una excusa para intentar tapar y mitigar la imposición que Esquerra les puso para apoyar la investidura de Sánchez. Esto es, quieren hacernos olvidar que compraron sus sillones prometiéndoles a los soberanistas perdonarles todo ese dinero público que derrocharon durante años. Y no precisamente en sanidad, educación y servicios públicos, sino en esa causa del procés que tenía como único fin tratar de desestabilizar al propio Estado. Cuando uno escribe esto, se le viene inevitablemente a la cabeza ese mantra tan molón de que se ha derrotado al independentismo. Nos ha jodido, claro. Dándoles millones, volviendo a nutrirlos cuando quien de verdad les dobló el brazo fueron el Estado y la Justicia.
El caso es que ahora, que les toca cumplir con esa parte de la transacción que les llevó a tener las posaderas en los sillones (dinero por votos, suena como lo que es), nuestro Ejecutivo, con esa facilidad pasmosa para decirnos que lo blanco es negro, para convertir la mentira en cambio de opinión y para intentar convencernos de que lo pernicioso es saludable, se ha lanzado a la empresa de pintarnos una realidad alternativa en la que lo que nació con la pretensión de ser beneficioso para los que sueñan con desestabilizar España, ahora también lo es para el conjunto de la sociedad española. ¿Y cómo lo han hecho? Pues muy fácil, incluyendo en el reclamo egoísta e insolidario de los catalanes, en su aspiración de privilegios, a las demás comunidades autónomas. Esto es, como le tenemos que quitar la deuda a ellos, pues también se la quitamos a las demás, así quedamos de lujo y hacemos como que no estamos rompiendo de manera arbitraria y chabacana las reglas del juego. ¿Y saben qué? Pues que de paso empezamos a martillear con el relato de que hemos puesto al PP en un brete, ya que a ver cómo explican los barones populares que se van a negar al alivio que les proponemos. Ah, y espera, que hay más. Para redondear este cambalache desquiciado vamos a promulgar que las autonomías más beneficiadas van a ser Canarias, Extremadura y, ¡sorpresa!… Andalucía, esa comunidad a la que María Jesús Montero ha empezado a ir los fines de semana a jugar a ser candidata.
¿Y qué pasa? ¿Dónde está el problema en este fantástico plan? Ah, claro, ahí está, en esa letra pequeña que cada vez es menos pequeña pues la caligrafía de este grupo de embusteros ya los delata. Pues que es mentira, que es otro sofisticado armatoste de números y cifras que únicamente intenta confundir a la ciudadanía. Que esa deuda que dicen que nos están perdonando, la asume el Estado, que ya era el avalista en último término. O sea, que esa deuda no desaparece ni se esfuma como un coche oficial se pira a toda prisa de Paiporta, que esa deuda no hace chás y se desintegra en un palmeo de la vicepresidenta Montero, que esa deuda la vamos a tener que seguir pagando tú y yo, lo único que han hecho es cambiarla de lugar, de sitio. Principalmente por dos motivos. El primero, poder seguir dándole patadas hacia adelante al balón y conseguir mantener el diabólico equilibrio que sustenta a este gobierno. Y el segundo, meramente electoralista, consiste en tratar de minar la popularidad de los presidentes autonómicos populares a los que quieren batir con un discurso plagado de bulos y medias verdades.
No es ningún secreto que el PSOE, es decir, Pedro Sánchez, ha puesto en marcha un plan para usar La Moncloa para intentar reconquistar todos esos territorios que perdieron estrepitosamente en las elecciones del 28 de mayo y que sabe que necesita recuperar si quiere aspirar a seguir gobernando después de poner las urnas. A los hechos me remito, tiene ahora un Gobierno compuesto por personas que trabajan a media jornada. Ahí están Diana Morant en Valencia, Óscar López en Madrid, Pilar Alegría en Aragón y María Jesús Montero en Andalucía.
Todas ellas son desvergüenzas inapelables, pero ésta última, la de Montero, quizás sea el ejemplo más grotesco y en el que más están centrando todos sus esfuerzos. Andalucía, como ya me habrán leído en estas páginas más de una vez, es la joya de la corona en el sistema electoral español, es el territorio más poblado del país, y por lo tanto el que mayor número de electores posee. Es por ello que los socialistas están tan empeñados en tratar de hacer arrancar ese motor gripado del que fue su antiguo feudo antes de que llegaran los mandatos de la serenidad y la gestión de Juanma Moreno. Y para esa difícil tarea han mandado a lo mejor entre lo peor: a Montero, una candidata que más allá de poder levantar la decrépita moral de los afiliados y el partido, trae a sus espaldas la losa de agravios a Andalucía mientras ha sido -sigue siendo, ni siquiera se dedica en cuerpo y alma a Andalucía- ministra de Hacienda y vicepresidenta del Gobierno. Así como una vasta hemeroteca de cuando era consejera en San Telmo que ha incumplido punto por punto cuando ha tenido oportunidad de cumplirla desde su asiento en el Consejo de ministros.
Por eso suena tan gracioso que ahora intente maquillar su papeleta sobre el cupo catalán y la financiación singular intentando poner al PP ante unas hipotéticas cuerdas propagando ese mensaje fullero de que Juanma Moreno no está aceptando la quita de una deuda que, según ella, beneficiaría a los andaluces por orgullo y por seguidismo con su partido. Tiene muchísima gracia que diga esto porque lo que Juanma Moreno está defendiendo hoy es lo mismo que ella exigía, con un talante mucho menos elegante, eso sí, desde San Telmo cuando gobernaba Mariano Rajoy: la reforma del sistema de financiación autonómica, y no este parche que lo único que hace, aparte de servirle a su partido para hacer una oposición desde el Gobierno sustentada en humo, es mover el problema de un lado a otro.
El PSOE, a la desesperada, tiene la remota esperanza de que le va a salir bien este juego infantil y perverso de tratar a los demás españoles como analfabetos incapaces de descubrir que estos magos de comunión en realidad se están sacando las cartas de una manga ya raída y desgastada de tantos movimientos grotescos. Es muy complejo que te funcione una estrategia cuyos pilares fundamentales son que una señora explique que va a defender los intereses de Andalucía desde la sede de Esquerra Republicana de Cataluña. Es realmente difícil pensar que va a surtir efecto una candidata que se ha dedicado a taconear con su maletín de ministra sobre todos y cada uno de los principios que abanderaba cuando estaba sentada en el Parlamento de Andalucía, que ha legitimado todos los agravios que se han perpetrado durante los últimos años, llevando esa gimnasia hipócrita hasta el esperpento de este agosto en el que en menos de 48 horas cambió tres veces de versión sobre el cupo catalán.
El PSOE de Andalucía lo único que tiene claro es que va a repetir que el señor que, en un clima de polarización extrema como el que vivimos, fue capaz de entenderse con Teresa Ribera con lo del tema de Doñana, en realidad no es ningún moderado, sino un sectario que se camufla en unas formas exquisitas. El “novamás” ahora, la última argucia comunicativa, es haber dado la orden de que hay que referirse al presidente como Moreno Bonilla. Mecachis, creo que llegan un poco tarde, sobre todo cuando hasta el más crítico con él no tiene más remedio que llamarlo Juanma, máxime cuando las señoras mayores por la calle lo paran para tocarle los mofletes. Quieren desnaturalizarlo, y además de ser esto casi misión imposible, quieren hacerlo desde una posición de impostura, con unas maneras muy forzadas. Uno ve tanto afán que da que pensar si no se estará planteando el morador de La Moncloa llevarse las Elecciones Generales a la primavera del 2026 para así hacerlas coincidir con los comicios andaluces.
Mientras tanto, Juanma Moreno de lo único que se tiene que preocupar es de no moverse de ese andalucismo sensato que ha estado cimentando durante sus años de mandato, no hay mejor cartel electoral. Solo tiene que asegurarse de no pisar esas minas que está poniendo con furia y a discreción un PSOE hiperactivo al que le saca varios cuerpos de ventaja. Solo tiene que esforzarse en hacer pedagogía, en seguir hablándole con respeto a los andaluces, tratándolos como adultos, y en explicarles que hay una señora que los quiere tomar por tontos. Que aquí la única que tiene una deuda con Andalucía es ella, que no solo dejó las arcas con 10.000 millones más de deuda de los que se encontró, sino que también al cruzar Despeñaperros se olvidó de su tierra.
La deuda por lo visto ahora no va a existir, probablemente harán el mismo hechizo que con los ERES andaluces. Ya vimos la semana pasada como hasta han rehabilitado a Manuel Chaves y lo han puesto a sacar pecho. No sé quién es el lumbreras que está pariendo esto, pero no creo que sea un gran reclamo esforzarse en decirles a los andaluces todos los días que crees que son idiotas. No sé si es la gran idea que piensan que es.