Los que me conocen saben que me flipa cuidarme la piel. Llevo años invirtiendo en buenas cremas, investigando e informándome sobre diferentes tendencias y, en definitiva, creando una rutina TOP para tener la cara perfecta. Además, siempre que puedo me hago algún que otro tratamiento: limpiezas, radiofrecuencia, masajes con nombres impronunciables…. Vamos, os hacéis una idea.
Evidentemente, estos caprichos no son precisamente baratos, y aunque, como toda friki, tengo mis sitios de confianza, de vez en cuando aprovecho alguna oferta interesante. He de decir que mis experiencias hasta la fecha habían sido siempre buenas, pero la última ha sido digna de contarla…
Encontré un descuento en Groupon para un sitio que se llamaba Adore, pero lo único que adoré de aquel lugar fue salir de ahí entera y con dinero en mi cuenta bancaria. No os penséis que me la jugué a un sitio de mala muerte. No. Estaba en una zona buena, y tenía muchas reseñas positivas. Pero desde el minuto uno, mal.
Llegué a las 14:00 de un jueves y me recibieron con pereza y cara de “gracias por fastidiarnos la hora de comer”. Me preguntaron cinco veces si tenía cita y, cuando vieron que encima era una de esas personas que iban con descuento…me miraron como si acabara de entrar con un chándal sucio y sin ducharme.
Por mil módicos euros
Aparentemente, el tratamiento que había comprado tenía un diagnóstico incluido antes de la limpieza facial, y por eso empezaron. Sacaron un aparato que parecía diseñado por Black Mirror en colaboración con AliExpress, y me hicieron un “estudio de la piel”. Básicamente, me enchufaron la cara en el cacharro y me hicieron fotos con lo que perfectamente podrían haber sido filtros de la cámara del iPod Touch 1ª generación.
Cinco segundos más tarde me informaron de que mi piel estaba mal en absolutamente todos los aspectos posibles. ¿Sequedad? Sí. ¿Deshidratación? También. ¿Arrugas? Más de las que jamás me habría visto en un probador de Zara. ¿Poros? Como cráteres lunares. ¿Elasticidad? Perdida.
Ante semejante panorama, la esteticista me miró con una mezcla de pena fingida y urgencia, y me dijo que tenía que empezar a cuidarme la piel ya. Curioso, pensé. Si me hubieras preguntado un poco antes, habrías sabido que llevo más de diez años cuidándome la piel a diario. La solución, por supuesto, era un bono de doce sesiones para “empezar a trabajar mi piel en serio”, por el módico precio de mil euros. Mil. Con “m” de “me estás vacilando”, imagino.
Eso sí, si quería aprovechar la promoción especial (no os vayáis a pensar que mil era el precio de venta normal), tenía que decidirme antes de levantarme de ahí, porque si me lo pensaba dos minutos, ya no había descuento. O sea, pagar mil euros en frío, después de hacerme un análisis exprés con una linternita de bazar y sin haberme hecho si quiera la limpieza que había pagado.
Como buena profesional de la venta agresiva, me sacó el datáfono con la mejor de sus sonrisas para explicarme las facilidades de pago. “Si quieres, lo fraccionamos”, me dijo. Evidentemente se había percatado de que una clienta con cupón no era de las que iban a soltar mil euros a tocateja (qué perspicaz).
4 minutos de limpieza
Yo, que odio la técnica de venta por presión, le pregunté, intentando esconder mi indignación, si era consciente de que aún ni me había hecho el tratamiento por el que había pagado, que todavía no sabía si me iba a gustar, si me iba a funcionar, o si me iba a salir un sarpullido. En fin. Un show.
Después de los 15 minutos más largos de mi vida comprendió que no iba a convencerme de pagar mil euros. Y le hizo poca gracia.
Al final me hizo el tratamiento, aunque llamarlo tratamiento me parece un poco generoso. Me pasó un limpiador por la cara con las yemas de los dedos, apenas sin tocarme, como si tuviera miedo a contagiarse de “pobre”. La limpieza duró exactamente 4 minutos, y el resto del tiempo se lo pasó embadurnándome en cremas que, tal y como no paraba de repetir, también me podía llevar con un descuento.
Sinceramente, yo, mientras tanto, tumbada en la camilla, no pude evitar preguntarme si aquello era una cámara oculta, una estafa piramidal, o un sitio que acabaría vendiendo mis órganos en el mercado negro. Me pasé el rato preocupada, mirando de reojo que no me robasen el bolso y preguntándome si usarían los datos biométricos de mi diagnóstico facial para clonarme en China.
La esteticista no desistió hasta el final, cuando salimos de la cabina tuvo el valor de ofrecerme otros dos packs de productos distintos. Aparentemente, a mi piel, tan hecha un asco, le habría venido bien cualquier cosa. Gracias, pero no gracias.
Un engaño sin placer
Os juro que cuando salí de allí se me escapó un “¡Dios!” y el suspiro más largo de mi vida. En mitad de Goya. La gente de mi alrededor se giró a mirarme.
En ese momento entendí lo que de verdad había pasado: por ahorrarme unos euros, les había puesto los cuernos a mis centros de confianza con un sitio random. Un engaño sin placer. Un error de principiante. Y una experiencia decepcionante.
Así que ya sabéis, queridos lectores: la infidelidad estética se paga cara. Si tenéis sitios que os cuidan bien, no pequéis por un descuento. Porque para que os traten como si os hubierais colado en una fiesta privada, mejor os quedáis en casa con una mascarilla del Mercadona y tan contentas.
Y ahora, a los dueños de Adore, con todo el cariño: invertid menos en aparatitos con lucecitas que intentan crear una “experiencia exclusiva” y más en contratar a profesionales que sepan de lo que hablan y sepan vender sin parecer teleoperadores de Jazztel. Porque ahora mismo, lo que da más miedo en vuestro centro no son los precios desorbitados, son las ganas de huir que te entran nada más cruzar la puerta.