Opinión

Esperanza ciega

Cristina López Barrios
Actualizado: h
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Esta semana me la he pasado luchando contra el jet lag porque el domingo regresé de Washington. Ya les conté la semana pasada sobre el sakura americano, los cerezos y los magnolios cuya belleza me ha acompañado en forma de recuerdo, como un latido que aparecía en la memoria y me daba por pensar en la esperanza. La esperanza que nos da la primavera.

En este carrusel de recuerdos desordenados en el que me sumerge la falta de sueño y quizá el exceso desesperado de pastillas de melatonina, recito aquellos versos de Machado del poema A un olmo seco, que me aprendí de memoria en el colegio: mi corazón espera hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera.  Entonces Machado esperaba que su joven esposa, Leonor, se curase, hecho que no sucedió y la enterraron en el cementerio de El Espino.

Y a vueltas con la esperanza, con la esperanza de dormir, de trabajar sin dolor de cabeza, de avanzar en la escritura que aparece minada de distracciones, luchando con, contra, de, desde la esperanza … ¿no fue el único de los males que se quedó en la cajita inocente de Pandora?, me pregunto de pronto. Cajita que en realidad era una jarra, un regalo de Zeus envenenado y cuando Pandora la abrió, liberó todos los males del mundo: la enfermedad, el crimen, el dolor… sólo la esperanza quedó al fondo. La esperanza de estos versos de Esquilo es su obra Prometeo encadenado. Dice Prometeo, ¾que nos entregó el fuego a la humanidad para ser lo que somos a veces, civilizados ¾ evité que los hombres sucumbieran, a lo que el Corifeo pregunta, ¿y contra ese mal qué antídoto encontraste? Prometeo sentencia: en su alma yo insuflé ciega esperanza. La esperanza es ciega también, como el amor, como el alado Cupido del carcaj, el arco y las flechas, ¿se dan cuenta? ¿Significa esto que hemos de avanzar a ciegas? O es que hemos de mirar hacia adentro que es de donde solo a veces podemos sacar la fuerza.

En esta dispersión del insomnio que padezco, de las nubes que gravitan por mi mente, aun en forma de flor de cerezo, me perdonan que vuele hacia otro texto cuya lectura me conmovió profundamente, me refiero al libro de Viktor Frankl: El hombre en busca de sentido. Frankl, psiquiatra y prisionero en Auschwitz, relata cómo los que sobrevivían eran aquellos que no perdían la esperanza: la de reencontrarse con sus seres queridos, la de un futuro posible, aunque fuera incierto. No era una ilusión ingenua, era una forma de resistir. Ya ven. Y es que hay esperas que no se sustentan en certezas, sino en la fe obstinada de que algo puede cambiar.  No perder la fe en la vida. Con esperanza ciega de dormir, de escribir por fin, aunque sea con ayuda de las musas a las que desde aquí invoco.