Estados Unidos ha sido, históricamente, una incubadora sin igual para el desarrollo del potencial humano. Ningún otro lugar en el mundo ha apostado con tanta determinación por la inversión, la innovación y el progreso en el ámbito empresarial. Su concentración única de espíritu emprendedor, arraigada en una cultura que abraza el riesgo y atrae talento con idéntica ambición, ha convertido al país en el epicentro de las empresas tecnológicas más influyentes del planeta.
Compañías que en sus inicios eran apenas proyectos han prosperado en este entorno hasta dominar los mercados bursátiles gracias a su notable capacidad de crecimiento. Un ejemplo claro de ello es Apple, que comenzó en un garaje y hoy tiene una capitalización bursátil de más de 3 billones de dólares, o META, que pasó de ser una red social universitaria a un gigante tecnológico con un valor de mercado de aproximadamente 1.35 billones de dólares. Durante años, esta percepción del excepcionalismo americano ha guiado a los inversores, convencidos de que en Estados Unidos todo alcanzaba una escala superior, desde su moneda hasta su economía y sus Bolsas.
Si alguien hubiese invertido 100 euros el 1 de abril de 2020 hasta el 1 de abril de 2024 en el índice Nasdaq, hubiese obtenido un 150% aproximadamente de apreciación (en euros), lo que se traduce en un total de unos 250 euros.
Un nuevo paradigma
Pero, desde su llegada a la Casa Blanca en enero de 2025, ese entusiasmo ha dado paso a una volatilidad significativa. En el primer trimestre de 2025, el S&P 500, liderado por las ‘siete magníficas’, ha caído aproximadamente un -8.5% (en euros). Y eso sin contar las sucesivas caídas tras el Día de la Liberación. Este arranque de mandato ha estado marcado por señales de enfriamiento económico y correcciones en los principales índices bursátiles. En este periodo, el sector tecnológico, uno de los pilares del liderazgo económico de Estados Unidos, se ha visto sometido a presiones crecientes, tanto por la irrupción de nuevos competidores globales en ámbitos como la inteligencia artificial, como por la incertidumbre provocada por las políticas proteccionistas y el carácter impredecible del liderazgo de Trump. Empresas como Nvidia, hasta ahora estandartes del crecimiento en IA, han acusado esta doble presión con correcciones significativas en su cotización.
Día de la Liberación
El pasado 2 de abril de 2025, Trump proclamó el “Día de la Liberación”, un momento que presenta como un punto de inflexión para la economía estadounidense. En su discurso desde Washington anunció nuevas medidas proteccionistas, incluyendo aranceles generalizados a las importaciones y tasas más severas para ciertos socios comerciales, con el objetivo de fortalecer la producción interna y reducir la dependencia externa. Entre las medidas destacan aranceles del 34% a las importaciones procedentes de China y del 20% a las procedentes de la Unión Europea.
Aunque el presidente lo describió como un paso hacia una nueva era de prosperidad, estas medidas abren una guerra comercial, con consecuencias en la inflación y el crecimiento en Estados Unidos (se anticipa un mantenimiento en torno al 2,8% en la inflación y un descenso hacia el 1,7% en el crecimiento, según las previsiones del FOMC a fecha 4 de abril de 2025, aunque será necesario observar si las nuevas políticas acaban generando presiones adicionales sobre los precios y limitando la expansión económica). Esto ha reavivado el debate sobre las tensiones comerciales y su efecto en la estabilidad macroeconómica del país.
Reacción
El estilo de Trump, caracterizado por declaraciones grandilocuentes y decisiones abruptas, como los aranceles ya impuestos previamente a sectores como el automotriz, mantiene a los inversores en vilo. El 3 de abril, la primera reacción del mercado fue una caída del S&P 500 en torno al 6,45% (en euros) y del Nasdaq cercana al 7,55% (en euros), reflejo inmediato de la tensión generada por las nuevas medidas. Los mercados, que valoran la estabilidad, se enfrentan a un entorno donde las promesas ambiciosas chocan con obstáculos prácticos, generando dudas sobre su ejecución.
Las valoraciones, que durante años reflejaron un optimismo sostenido, parecen ahora ajustarse a una realidad más compleja, poniendo en tela de juicio los fundamentos del excepcionalismo americano: su liderazgo tecnológico, su dinamismo energético y su capacidad para financiar déficits sin aparentes consecuencias inmediatas. La deuda pública, en niveles elevados (superior al 120% del PIB, frente al 82% en el conjunto de la UE), y el énfasis de la administración en reducir el peso del gasto estatal (en dos billones de dólares en una década) añaden otra capa de incertidumbre a corto plazo.
Alternativas
Frente a la inversión en Estados Unidos, otras regiones comienzan a mostrar señales de renovado atractivo. Europa, tradicionalmente limitada por una regulación estricta y una menor tolerancia al riesgo, presenta ahora signos de revitalización gracias a un entorno político favorable a reformas regulatorias más flexibles y estímulos monetarios, pero principalmente fiscales, oportunos.
Asia, por su parte, atraviesa un auge en innovación tecnológica con avances que atraen cada vez más interés inversor. Estas tendencias podrían verse indirectamente impulsadas por las políticas proteccionistas de Trump, que animan a otras economías a reforzar su autonomía económica y fortalecer sus propias redes comerciales, abriendo así oportunidades adicionales en mercados emergentes. No obstante, aún queda por comprobar si lograrán consolidarse en resultados sostenibles.
La prudencia como principio ineludible
En este contexto, la prudencia emerge como un principio ineludible. La renta variable estadounidense atraviesa un periodo de adaptación a un liderazgo político impredecible y a un entorno global en transformación. Parte de esta dinámica depende de la Reserva Federal, un organismo independiente que hasta el momento ha mantenido una postura guiada más por los datos económicos objetivos que por presiones políticas externas. Trump espera que la FED adopte medidas que respalden sus objetivos de crecimiento, como una política monetaria más laxa, pero su independencia y prioridades propias hacen que no esté claro si esto se logrará.
Aunque el legado de Estados Unidos como cuna de la innovación empresarial sigue siendo un factor relevante, las tensiones actuales —desde el enfriamiento económico hasta la competencia internacional— sugieren que explorar otras geografías podrían ofrecer un equilibrio entre riesgo y potencial. Sin certezas absolutas, el inversor debe actuar con cautela en este momento de transición, atento a los indicios que permitan anticipar una estabilización del mercado estadounidense.