Opinión

El TSJC y la manosfera

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La sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) que ha absuelto a Dani Alves de los cargos de agresión sexual genera indignación y preocupación entre las organizaciones feministas y defensores de los derechos de las mujeres. Este fallo no solo ha puesto en entredicho la credibilidad de las víctimas de agresión sexual, sino que también pone de manifiesto las profundas deficiencias del sistema judicial a la hora de garantizar la protección y el respeto a las mujeres.

La víctima acusó al exfutbolista brasileño de haberla agredido sexualmente en una discoteca de Barcelona en diciembre de 2022. Aunque la denuncia fue tomada con seriedad desde el primer momento, y se activaron los protocolos correspondientes para casos de agresión sexual, y se recogieron pruebas diversas, el tribunal ha decidido absolver a Alves, argumentando que el testimonio de la víctima no era lo suficientemente sólido para sostener la condena. Según la sentencia, se encontraron inconsistencias en su relato y se cuestionó la fiabilidad de las pruebas presentadas durante el juicio.

Lo más grave que contiene la sentencia absolutoria es que el hecho de que la víctima sea inconsistente en el recuerdo de alguna parte de la historia, haga dudar de la fiabilidad de su testimonio al completo, a pesar de que ella manifiesta lo mismo ante sus amigas, los empleados de la discoteca, los mossos d’esquadra que acuden al aviso del local -y que, accidentalmente graban con una de sus cámaras, dejando constancia del estado de afectación de la víctima-, también al médico y a la jueza de instrucción que la atiende al día siguiente.

Se ha explicado tantas veces la teoría del trauma y cómo el impacto de un evento traumático puede generar inconsistencias y lagunas en el recuerdo de la víctima, que el TSJC con su sentencia se retrata como carente del conocimiento suficiente para juzgar el caso, particularmente carente de perspectiva de género. La primera sentencia valoraba también el estrés postraumático acreditado en informes psicológicos y que la denunciante carecía de ánimo espurio. Pero ni con esas.

La conclusión a la que se llega leyendo la sentencia del TSJC, y el mensaje que envía el tribunal a la sociedad, es que en delitos sexuales, que siempre se basan en una palabra contra la otra porque ocurren en la intimidad, será prácticamente imposible probar la culpabilidad. Por eso es necesario incidir en la idea de que las evidencias relacionadas con una agresión sexual no deben ser evaluadas de la misma manera que las de otros delitos. El testimonio de la víctima debería tener un peso considerable, ya que las agresiones sexuales son, en su mayoría, delitos que ocurren en situaciones privadas, sin testigos directos o pruebas físicas claras.

Es alarmante que el testimonio de una mujer solo sea considerado creíble en casos de agresión sexual cuando los daños físicos son muy evidentes. Es decir, parece que las víctimas de agresión sexual deben estar casi muertas o gravemente heridas para que su denuncia sea tomada en serio. Esta perspectiva no solo es injusta, sino que perpetúa la cultura de la violación y la impunidad, al colocar a las víctimas en una posición en la que se sienten obligadas a probar de manera física lo que, en muchos casos, es difícil de demostrar debido a la naturaleza del delito.

Por si la sentencia no fuera lo suficientemente revictimizante, la lentitud de la justicia hace que el Tribunal Supremo no pueda dirimir el recurso que ha anunciado la víctima hasta el 2028. Más leña al fuego en la vulneración de sus derechos, que merece una justicia despierta.

Este fallo también subraya la persistente desconfianza que rodea a las víctimas de agresión sexual, algo que está profundamente arraigado en la sociedad, y da combustible a la manosfera, esa red de complicidades misóginas que se articula en internet y que lanza ideas de desprecio y desprestigio de las mujeres y de superioridad masculina.

Por último, el fallo también subraya la persistente desconfianza que rodea a las víctimas de agresión sexual, algo que está profundamente arraigado en la sociedad, y da combustible a la manosfera, esa red de complicidades misóginas que se articula en internet y que lanza ideas de desprecio y desprestigio de las mujeres y de superioridad masculina.

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