Opinión

Dejen en paz a esa chica

Ángeles Caso
Actualizado: h
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Parece ser que hay cierto revuelo en torno al viaje de la Princesa de Asturias a bordo del Juan Sebastián Elcano. Me refiero al empeño mediático en conseguir imágenes de sus paseos por los diferentes puertos a los que el barco arriba para que todos podamos verla asistiendo a un concierto o paseando con sus compañeros, a la espera, imagino, de pillarla en un desliz, algo que alimente unas cuantas horas de televisión.

Algunos periodistas se han mostrado sorprendidos ante la denuncia que la Casa Real le ha puesto a un centro comercial chileno por dar a conocer unas imágenes de las cámaras de seguridad grabadas durante una visita de Leonor. Veo en un programa de televisión —uno de los serios, digamos— cómo se debate sobre el asunto, preguntándose si verla tomando una cerveza o recorriendo los pasillos es o no un asunto relevante, de los que pueden justificar que se traspasen las líneas establecidas por las leyes para proteger la intimidad de las personas.

El debate llega a un punto de sobra conocido: ¿tienen derecho a la intimidad y la privacidad las personas con relevancia pública? Multitud de sentencias de las distintas instancias judiciales, apoyadas en el texto constitucional, ponen límites a ese derecho en el caso de las gentes conocidas. Un ejemplo típico sería el de las fotografías tomadas a una actriz en una calle: según nuestros tribunales y nuestras leyes, esa persona, por el hecho de ejercer una profesión que implica ser vista por los demás, ha perdido el derecho natural a mantener protegida su vida privada. De alguna manera, ese derecho le ha sido regalado al público, en un intercambio avalado jurídicamente con razonamientos que, desde mi punto de vista, son cuando menos de dudosa consistencia.

Se ha establecido así la peligrosa noción de que una actriz, un político, un cantante o, como en este caso, una princesa, son figuras que “pertenecen” a todo el mundo y cuyo aspecto, gestos, actitudes o palabras pueden ser asediados, captados y publicitados sin que eso suponga atentar contra su derecho a preservar su intimidad.

La sociedad avala por supuesto esta noción. Es más, a estas alturas, el ocio de la sociedad española se basa en buena medida en entretenerse con la vida privada de los “famosos”. El caldero de basura del chismorreo copa la televisión y las redes, y periodistas de ambos géneros que anhelan ser reconocidos como prestigiosos —y a veces hasta lo logran— avalan con su intervención la lógica perversa de ese tumulto de mentiras, calumnias, suposiciones, rumores o incluso verdades que no tendrían por qué interesarle a nadie más allá de sus protagonistas.

En las últimas décadas ha surgido una profesión de todo ese batiburrillo, la de quienes viven simplemente de ser carne de chismorreo. En medio de la confusión y el regodeo que todo eso genera, nadie parece preguntarse si es justo y ético tratar por igual a todo el mundo, sea el señor que vende cada minuto de su vida, verdadero o inventado, para embolsarse grandes cantidades de dinero o la señora que, simplemente, ejerce con dignidad una profesión que la lleva inevitablemente a ser conocida.

Compadezco a esa joven Princesa de Asturias. Hasta ahora era una niña monísima, ante cuya imagen sonreíamos todos como si fuera nuestra propia hermana, hija o nieta. Pero ya ha cumplido la mayoría de edad. Las limitaciones impuestas por las leyes y bien manejadas por sus padres han saltado por los aires, y a partir de este momento será objeto de persecución continua para desmenuzar cada uno de sus gestos y palabras, criticarla por lo que haga o deje de hacer, machacarla por su peso, su maquillaje o su ropa.

La seguirán a escondidas por el mundo cámaras y teléfonos móviles para pillarla bailando en una fiesta, tomando una copa o dándose un beso con un chico y entonces, como si todo eso fuese raro y escandaloso, la pondrán verde por permitirse hacer cosas semejantes. Aunque, claro está, también la pondrán verde si no las hace, porque entonces estará demostrando que es fría y controladora.

Nadie se parará a pensar en lo que pueda sentir ella, que tal vez sea una chica tímida que ha nacido en una familia que no eligió, pero que la obliga a jugar un determinado papel. Nadie se preguntará si se siente insegura, avergonzada, torturada quizá por ese hostigamiento continuo de los medios que a menudo se convierte en una forma de violencia de un tipo muy particular. Se publicarán las imágenes, se contarán a gritos los rumores y las maledicencias, se inventará todo lo que haya que inventar y, simplemente, no la dejarán vivir en paz.

Entretanto, los millones de tristes cotillas del país disfrutarán con todo eso porque no saben entretenerse con nada mejor, y unos cuantos verán cómo sus cuentas bancarias crecen a su costa. Todo muy humano, sí, pero cutre y penoso. Confío al menos en que Leonor tenga la fortaleza suficiente como para aguantarlo con estoicismo. Le deseo lo mejor a ese respecto, pero no porque sea princesa, sino porque es persona.

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