Opinión

Cuando la paga no llega

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No es fácil aceptar que una sociedad avanzada, que disfruta de buenos servicios públicos, de seguridad en las calles, de infraestructuras de primer nivel, de cine subvencionado, de buenos hospitales y universidades, de un Gobierno que viaja en Falcon y se desplaza en helicóptero Super Puma, de un fútbol campeón de Europa y del mundo, que lidera el turismo, que cuenta con chefs de fama, con empresas internacionalizadas y ejecutivos y banqueros con atractivos paquetes salariales, tenga una franja importante de su población en situación de precariedad laboral. Es decir, personas que trabajan, algunas con actividades penosas y llevando una vida áspera, pero cuyos ingresos no les permiten alcanzar el final de mes. Que afrontan enormes dificultades para afrontar los gastos básicos de vivienda, comida y energía. Ya sé que suena demagógico, pero yo, que viajo en metro a diario y recorro de arriba abajo los barrios suburbiales, me tropiezo con esos rostros fatigados, esa ropa fea y gastada, ese cuerpo que habita infraviviendas con humedades y duerme en colchones de gomaespuma, y me pregunto, que yo podría haber sido perfectamente uno de ellos. Pero la vida, el momento, la casualidad, cierto que también el estudio y el esfuerzo, me permitieron no ser un rider, un cuidador de una persona mayor, un repartidor, un camarero mal pagado o un joven de estos tiempos modernos que busca un empleo digno y no lo encuentra.

Los economistas y los teóricos sociales lo llaman precariado, apabullante tecnicismo, pero perfectamente podrían llamarlo vida perra. Se refieren a un amplio grupo social formado por trabajadores con contratos temporales, sueldos bajos y con escasa, o ninguna, garantía laboral. Muchos de ellos viven en la incertidumbre y la inestabilidad, no tienen vacaciones pagadas ni seguridad social ni aspiran a una pensión. Cuando trabajan, siempre con el miedo al despido, lo hacen con jornadas largas y por pagas cortas. No tienen sindicatos que luchen por ellos ni yolandas que les salven la vida y quieran hacerles felices. Están ellos solos frente a la mísera escasez de su vida.

El economista británico Guy Standing es uno de sus principales estudiosos del fenómeno. En 2011 publicó The precariat: the new dangerous class. Señalaba que la precariedad supone tanto la inseguridad laboral como la de identidad, junto a la imposibilidad de planificar la vida. En su estudio, indica que la situación queda agravada por la falta de política públicas de protección social, el acceso a la vivienda, el encarecimiento de los seguros sanitarios y la dificultad para acceder a una pensión. David Graeber abordó los empleos precarios en Bullshit Jobs, publicado en 2018, mientras ya antes Arne Kallegerg publicó Precarious work, insecure workers en 2009. En nuestra vieja lengua encontramos publicaciones de José Ignacio Conde-Ruiz, Clara Ronsavallón y Andrés Solimano.

El estudio Diagnóstico de la pobreza laboral en España de la Fundación Iseak y Oxfam Intermón, cuyos autores son Lucía Gorjón y Gonzalo Romero, ofrece datos para dimensionar la realidad de este problema social. Sitúan la tasa de pobreza laboral en un 13,7% de la población trabajadora. La precariedad es masculina, con baja educación, inmigrante y rural, asentándose sobre todo en Andalucía y Extremadura. Repercute más en los trabajadores por cuenta ajena (27%) que en los asalariados (10%), más a los de tiempo parcial (23%) que a los de jornada completa (10%). Afecta principalmente al sector primario y a las empleadas de hogar (30%) y a la restauración (20%). Sacude a los hogares con menores, especialmente dos adultos y tres o más chavales (40%) y a los monoparentales (30%). Por el contrario, los hogares con personas mayores presentan una incidencia menor (6-9%).

Los autores del informe proponen, y desarrollan la siguiente solución: “a la luz de los resultados obtenidos, se plantean dos vías para para combatir la pobreza laboral: incrementar la intensidad laboral del hogar y proporcionar ayudas a la infancia”.

El pasado mes de junio el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) realizó una encuesta sobre “Desigualdades y tendencias sociales”. El 86% indicaba, con matices, que en España existían desigualdades sociales, el 48% manifestaba que ahora existen más que hace diez años y un 50% apuntaba que habría más en los próximos diez, señalando el 76% que aumentaría el número de pobres y personas marginadas. Por supuesto, y esto empieza a ser una asunción social dominante, el 58% pensaba que los jóvenes vivirían peor que sus padres.

La maravillosa película A complete unknown ha devuelto a Bob Dylan, posiblemente el mayor músico contemporáneo que hayamos conocido, al primer plano de la actualidad. Situada en los primeros sesenta, nos habla de un Dylan joven, enigmático y culturalmente revolucionario en una sociedad que alentaba un gran cambio y estaba convencida de que se produciría. Un mundo en el que el verso “for the loser now will be later to win (pues el perdedor de hoy ganará más tarde)” de “Los tiempos están cambiando” era consecuente y esperado. No creo sinceramente que hoy ocurra eso. Los tiempos han cambiado, las desigualdades lacerantes se han perpetuado y la ilusión se ha esfumado. Los tiempos han cambiado, pero a poca gente les despiertan emociones.

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