En algún punto entre el ego y el delirio, vive Kanye West. Ahí tiene su chalet con vistas al Apocalipsis, donde se desayuna titulares, se fuma polémicas y lanza tuits como quien lanza adoquines desde una terraza. Esta semana le ha tocado a los hijos de Beyoncé y Jay-Z, dos gemelos que probablemente todavía estén preguntándose por qué les ha salpicado la tormenta emocional de un adulto con acceso ilimitado a internet.
Kanye, o Ye, o el artista antes conocido como Kanye West y ahora conocido por sus abogados, ha dicho que los hijos de sus ex amigos tienen un “retraso cognitivo”. El comentario se ha hecho durante una transmisión en vivo en redes sociales, donde el artista hablaba de sus antiguos vínculos con la pareja y terminó lanzando un ataque directo contra sus hijos, Rumi y Sir Carter, de siete años.
El rapero, que en los últimos años ha sido noticia tanto por sus proyectos musicales como por sus comportamientos erráticos, aseguró que los niños “no están bien” y sugirió que podrían tener “problemas mentales”. Aunque no ofreció ningún tipo de prueba o contexto para su afirmación, las palabras han sido consideradas ofensivas, insensibles y difamatorias.

Beyoncé y Jay-Z, The Carters, en su disco ‘Everything Is Love’
No hay una motivación clara más allá de su habitual afición por la dinamita emocional. Tal vez no la necesite. Tal vez viva en ese estado de gracia en el que todo lo que piensa se convierte automáticamente en verdad si él lo dice. Y si alguien se ofende, problema de ese alguien. Esto no es locura: es narcisismo con presupuesto.
El rapero ha dicho muchas cosas a lo largo de los años. Algunas brillantes. Otras, brutales. Muchas, brutales y brillantes al mismo tiempo. Pero con los años ha perdido algo crucial para cualquier genio: el control del volumen. Ya no se le escucha; se le oye. Lo que antes eran discursos incómodos pero reveladores ahora son mensajes de voz de alguien que hace rato perdió la contraseña de su filtro.
La cultura estadounidense -y con ella el mundo entero- tiene una extraña relación con la genialidad y el caos. Les encanta el genio roto. El artista maldito. El hombre que sufre por todos nosotros mientras canta, diseña zapatillas o se postula a la presidencia. Pero incluso esa fascinación tiene sus límites. Sobre todo cuando, en lugar de sufrir, empieza a agredir.

Kanye West y Bianca Censori en los Grammys / EFE
Lo que ha hecho Kanye West esta vez no es un exabrupto más. Es un salto sin red sobre la dignidad de unos niños. Es utilizar la salud mental como arma arrojadiza, como quien señala con el dedo a la salida del colegio. Es bullying desde una cuenta verificada. Y no hay arte que justifique eso.
Jay-Z y Beyoncé, que llevan años perfeccionando el arte del silencio como respuesta, aún no han dicho nada y probablemente no lo hagan. Pero lo triste es que West sigue siendo, en algún rincón de su cabeza, un genio. Uno de los grandes. Y lo verdaderamente aterrador no es lo que ha dicho. Es la sensación de que no sabe, o no le importa, lo que ha dicho. Que en su mundo, las consecuencias ya no existen. Que la realidad ha dejado de ser una frontera y ahora es solo un fondo desenfocado de sus selfies.
Alguna vez, hace mucho, Kanye West dijo que era el próximo Walt Disney. Luego fue Dios. Después, presidente. Hoy es un hombre gritando en una plaza vacía, creyendo que aún hay una multitud escuchando. Y en algún lugar de Nueva York o Los Ángeles, dos niños han tenido que preguntar por qué un señor al que no conocen les ha llamado “retrasados”. No hay hit en el mundo que arregle eso.