Si nos fiamos de las estadísticas, las parejas españolas tardan un promedio de cinco años en casarse desde el inicio de la relación. En los más jóvenes, el noviazgo dura entre uno y tres años, aunque a menudo acaba en ruptura. ¿Nos olvidamos entonces del refrán tan español “noviazgo largo, matrimonio corto”? De momento, solo lo arrinconaremos porque hay una pareja nos trae de cabeza, al menos a los amantes de la crónica social. Hablamos de Cayetano Martínez de Irujo y Bárbara Mirjan.
El aristócrata y su novia rompen cualquier estadística. Él tiene 61 años; ella, 29. Uno es una carta abierta; la otra, tremendamente prudente. Y aun así, su noviazgo va ya para los diez años. Hace unos días, se publicó que por fin habría boda. Poco después, alguien dijo que no, que fue un paso en falso enmendado a tiempo. Entre el sí, el quizá y nuevamente el sí, ha habido tiempo para saber cómo sería recibido el matrimonio.
Su hermano Carlos Fitz-James Stuart lo celebró. “Me he enterado. Lo he felicitado esta mañana”, dijo. Y seguido añadió una aguda posdata: “Yo estoy muy contento con el tema. Así que nada, a ver si le endereza un poco”. La ex de Cayetano, Genoveva Casanova, parece que puso un gesto algo mohíno cuando se le preguntó. El caso es que, por su proyección pública, la expectativa de boda es una excelente excusa para hablar de las ventajas o inconvenientes del matrimonio después de un noviazgo así de largo.
Si al dicho popular “noviazgo largo, matrimonio corto” le añadimos el vaticinio igualmente sabio de un grupo de investigadores de la Universidad de Emory, en Atlanta, que afirma que las relaciones de más de diez años de diferencia se rompen en el 50% de los casos, la ecuación es sencilla. Lo empeora otra de sus conclusiones: si los novios se llevan más de 20 años, la probabilidad de ruptura sube al 95%. En su deseo de que madure, el duque de Alba deberá aferrarse a ese 5% restante, pues la distancia entre su hermano y la futura esposa es de 33 años.
Tomamos también sus palabras para sospechar que el conde de Salvatierra no está, a pesar de su edad sexagenaria, muy lejos de Bárbara. No es ese padre en el que, según la hipótesis freudiana, la joven iría buscando protección y seguridad. Al contrario, conociendo su trayectoria vital, relatada por él mismo y revalidada por Carlos Fitz-James Stuart, ella le aportaría la paz mental que nunca encontró en su privilegiado entorno.
Ante esa boda, todavía incierta, cabe preguntarse qué riesgo existe de que, tras pasar por el altar, se desmorone esa estabilidad ganada a lo largo de diez años. Durante el noviazgo, su amor ha sido resiliente. Han superado diferencias de edad, algunas malicias -de esas que dan donde más duele-, e incluso la presencia constante de una ex. Ahí Cayetano, tan cortés, ha sido digno de aplauso.
Pero diez años dan para mucho, incluso para conocerse, a veces tanto que arruina cualquier ilusión y toda la pasión. Hasta la luna de miel pierde su carácter para convertirse en una noche de muchas en las que la costumbre se acopla en la cama con los recién casados. Conste que no hemos invocado a ningún pájaro de mal agüero, simplemente echamos mano de algunos estudios. Por ejemplo, el que lideró la profesora Galena Rhoades en la Universidad de Denver (Colorado) con el título El efecto de la cohabitación previa al compromiso.
Lo que viene a decir el equipo de Rhoades es que aquellas parejas que conviven demasiado antes del compromiso reportan menor satisfacción marital, dedicación y confianza, así como una comunicación más negativa y mayor potencial de divorcio. Los novios caminan hacia el altar con la sensación de rutina y falta de crecimiento personal. Y si saltamos a la Universidad de Pensilvania (Filadelfia), los profesores Chris Knoester y Alan Booth, autores de varios trabajos similares, nos advertirán del peligro de intercambiarse los anillos más por la presión de la inercia que por un compromiso genuino.
En general, los enamorados que prolongan su soltería lo hacen por razones económicas y profesionales. En ese afán de mejorar, algunos se estancan y acaban prolongando el noviazgo casi a perpetuidad. Sacan en positivo una base generalmente segura desde el punto de vista afectivo y de resolución de conflictos y la posibilidad de llegar hasta el altar con metas compartidas. Además, se evitan el sobresalto de conocer a la familia. Para bien o para mal, aquí queda poca cosa ya por descubrir.
Nos gustaría ser un poco cursis y pensar que Cayetano y Bárbara emularán el amor romántico de la duquesa de Alba y Alfonso Díez, a pesar de que nació como un ideal difícil de alcanzar. Lógicamente, rompieron la tradición del noviazgo largo al casarse tres años después de enamorarse, pero fue muy intenso, con encuentros clandestinos y besos furtivos. Muy diferente a la relación dilatada y soporífera (desde el interés mediático) del conde de Salvatierra. Tiene razón el conde de Salvatierra cuando dice que nadie respeta ya los sentimientos del prójimo, menos aún los suyos, pero nos puede la incertidumbre.