No hace falta ser astróloga, vidente, gurú tecnológico, ni ministra de economía para notar que algo gordo está pasando entre Estados Unidos, Europa y China. Un tremendo pulso que dura desde la posguerra y que hace tiempo dejó de librarse en la ONU, en los mercados o en el tablero de Taiwán. Hoy la guerra se ha desplazado, de forma silenciosa, a nuestra vida cotidiana. Sin darnos cuenta, somos todos “juez y parte” de ella, al elegir nuestro bando, llevando una de sus marcas en el bolso o en la muñeca. Y es que los chips que llevas en el móvil o en la computadora, descodificadores, teles y servidores que empleas, son en este conflicto, sus máximas armas.
Desde hace unas semanas se me viene acumulando las tareas en la contienda sinoestadounidense. En este medio, os comenté ya recientemente cómo las inteligencias artificiales de DeepSeek, Alibaba le habían amargado a ChatGPT la fiesta y atropellado a varias otras inteligencias artificiales americanas.
También os relaté como, la semana pasada, el anuncio del super cargador de los automóviles BYD podría darle mala vida a Tesla pero esta semana, como no podía ser de otra forma, Trump nos propone un nuevo conflicto, un nuevo tema de futuro impredecible y que afecta inmediatamente a todo el planeta. Con el anuncio de sus aranceles (supuestamente) destinados a proteger su economía, el imprevisible presidente ha tirado la primera piedra, sin saber muy bien que efecto tendrá de vuelta, afectando probablemente a sus propias exportaciones y a medio plazo, su presencia en la Casa Blanca.
De Silicon Valley a Shenzhen, sin pasar por Europa
Adobe, Apple, Compaq, Dell, HP, IBM o Microsoft, Sun Microsystems, etc, fueron los pilares de ese sueño digital americano que, durante décadas, marcó la pauta.
Sin lugar a dudas, Japón tuvo también sus años de gloria, En su día arrasó con Casio, sus calculadoras, relojes de muñeca, robótica y otras marcas de automóviles de alta gama, pero ya les pasó la gran época. Corea del Sur, otro gran imperio asiático, con gigantes como LG, Samsung, Hyundai o KIA, siempre pisó fuerte con sus móviles, ordenadores y pantallas y ahí sigue marcando tendencia. A Europa, desgraciadamente, nadie le ha dado vela en esta misa y va por detrás en prácticamente todas las áreas. Busca inexorablemente su hueco apostando por regulaciones, intentando preservar sus datos, garantizar su privacidad, o legislar la I.A y sus límites.

Mientras Silicon Valley marcaba el ritmo de la carrera, y el resto del mundo – incluida Europa – aplaudía y consumía, China nunca tiró la toalla, ni dio su brazo a torcer, ni tampoco malgastaba energía. Dejó de ser “el taller del mundo” fabricando copias baratas, imitando a otras marcas, para convertirse en una nación ingeniera, estratega y de ambición pura. En un par de décadas, empresas como Huawei o Alibaba dieron la vuelta a la tortilla. Ya no solo calcando procesos y produciendo productos de consumo baratos, sino que también empezaron a diseñar y dictar sus propias reglas.
ByteDance (el alma mater de TikTok) consiguió, por ejemplo, y con una única app, tener más poder sobre la atención (y los datos) de los jóvenes occidentales que muchos gobiernos. Hoy de hecho, Trump presiona a la compañía para que traslade su actividad a empresas con intereses americanos.
Y en medio de este tiroteo virtual, llega la Inteligencia Artificial como el nuevo “oro blanco” y digital. Mientras OpenAI se lucía esta semana con el poder de generación de imágenes, los chinos no se han quedado de brazos cruzados. DeepSeek ha irrumpido con fuerza con su propio modelo y Alibaba sorprendió con Tongyi Qianwen, su IA conversacional ya integrada en su buscador, revolucionando la forma de comprar, buscar y recomendar productos.
Y no olvidemos que sí, en el campo del hardware, la guerra por los chips está en horas trágicas (EE.UU. bloqueó hace tiempo el acceso de China a semiconductores avanzados de Nvidia), China podría contraatacar cortando el acceso a las tierras raras, esenciales para fabricar desde móviles hasta turbinas eólicas. En medio, quedaríamos nosotros europeos, sin saber muy bien quién es el enemigo, sin saber si girarnos hacia el oeste o el este, rezando para que nuestros móviles no se disparen de precio.
Trump y sus aranceles: ¿quién pierde y quién gana?
Este 3 de abril de 2025, como quien lanza un pedrusco en una charca, Trump anunció una nueva osadía. En su autoproclamado “día de la liberación” de Estados Unidos, vociferaba a quien le escuchara, un tarifario mundial de aranceles con una elocuente pizarra. Una de las naciones más perjudicadas era, sin lugar a duda, China. Con más del 60% de aranceles a sus productos tecnológicos, se llevaban la palma.

Medidas republicanas que huelen a autarcía, populismo y a vengarse con ensañamiento de antiguas querellas pero que pueden tener unos efectos reales y directos en su propia cadena. Las empresas chinas sufrirán seguro, pero mucho más sufrirán las empresas americanas que dependen de sus componentes “made in China”. Tanto Apple, Google, Microsoft, etc. dependen en algún momento, de la procedencia asiática. Tesla, HP, IBM… todos sienten el temor de sus cadenas de montaje, almacenes y fábricas. Sin olvidar a Amazon que, como líder mundial de las ventas electrónicas, no le está sentando nada bien en bolsa. Parece que el presidente de Estados Unidos se olvidó demasiado pronto de la pandemia y de cómo, hace justo cinco años, media flota de barcos transportaba frenéticamente bienes de China a América y volvía vacía de vuelta.
Y ¿Cómo puede ser que naciones como Cuba, Corea del Norte, Rusia, enemigos habituales de la bandera estrellada se salven de esta quema y queden exoneradas? Trump lo explica diciendo que ya están suficientemente “castigadas”. En este contexto convulso podría aparecer India, una discreta candidata que podría postularse como alternativa siendo especialistas en desarrollos informáticos y centros de data.
¿Quién pagará los platos rotos?
La unilateral partida iniciada por un jugador siguiendo sus propias reglas, no tendrá un único ganador, porque el tablero conlleva muchas piezas y probablemente, jugar contra todos, no haya sido la mejor idea. Estados Unidos sigue siendo una cuna importante de la industria tecnológica, con su mentalidad innovadora y sus startups exitosas pero, la decisión de imponer nuevos y disparatados aranceles “a diestro y siniestro” puede suponer su propia tumba.

El incremento de los aranceles hará subir el precio del producto final, provocará caída de ventas, una inflación desmedida e impactará directamente en la vida del consumidor medio, sea americano o no. Los inversores lo saben y muchos huyeron de la bolsa hace semanas, apostando por alternativas como el oro o las criptomonedas. Esta semana cayeron todos los valores americanos tanto del Nasdaq como del SP 500. Un agujero que podría perjudicar a millones de pequeños portadores y beneficiar tan solo a unos pocos inversionistas avispados. Todo esto, sin contar con que muchos empleos en EE.UU. están ligados al comercio con China, directa o indirectamente. Ya se han comunicado cientos de despidos.
Esta serie de decisiones generarán también rechazo en las compras de productos americanos, pero de golpe y desde todo el mundo. Las represalias comerciales de Asia, de Europa y todos sus miembros sembrarán incertidumbre en los mercados. Grandes firmas como Apple o Tesla podrían verse obligadas a cambiar de ubicación, trasladándose de urgencia hacia India o Vietnam, asumiendo altos riesgos que podrían quedar vanos en cuanto acabe la actual presidencia americana.
Lo que puede parecer un nuevo acto burlesco es una tremenda amenaza para el conjunto de la población mundial y un potencial desastre económico. El principal perdedor, nosotros, el usuario medio. Sin comérnoslo ni beberlo, vamos a pagar el pato. Se descontrolarán los precios, tendremos que pagar más por nuestros dispositivos o por nuestros coches eléctricos y por cualquier tipo de objeto de consumo. El estado, aunque eche el grito al cielo y ofrezca en ayudas “unos cuatro duros”, seguirá aplicando sus honorables impuestos sobre el valor añadido a los productos en el mercado, cualquier sea su procedencia o costo.