Tribuna
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La independencia (energética) de Europa

En 2011, hace catorce años, el secretario de Defensa de Obama, Robert Gates, advirtió a los europeos de que si no aumentaban sustancial y rápidamente sus presupuestos de defensa, Estados Unidos tendría un día un presidente al que no le importaría Europa. Ese día ha llegado y ha cogido a Europa acurrucada en el sueño de los justos.

Con el tiempo agradeceremos a Donald Trump el sopapo político, económico y militar con el que nos ha despertado a los europeos. El lenguaraz presidente de Estados Unidos ha roto el statu quo que surgió de la Segunda Guerra Mundial, previamente resquebrajado por la decisión de Vladimir Putin de invadir Ucrania, un país que apostaba por ingresar en la Unión Europea (UE) y en la OTAN. Y nos ha recordado que ya no somos el centro del mundo, cuyo eje gira en el espacio Asia-Pacífico.

El Informe Draghi, presentado en septiembre de 2024 por el expresidente del Banco Central Europeo y exprimer ministro de Italia, ya hizo sonar el despertador a propósito de la pérdida de competitividad del Viejo Continente, anquilosado por una administración extremadamente densa y burocratizada, muy lenta y distante de los desafíos que plantea el nuevo desequilibrio geopolítico.

El documento coordinado por Mario Draghi gravita en torno a tres ejes: la industria, el comercio y la gobernanza. Respecto a esta última, propone mejorar la eficiencia en la toma de decisiones dentro de la UE, ampliando la votación por mayoría cualificada y permitiendo que ciertos países avancen en proyectos específicos de manera independiente. En el ámbito comercial, recomienda priorizar acuerdos e inversiones con países ricos en recursos y tomar decisiones estratégicas en sectores clave para fortalecer la posición económica de la UE. Y en política industrial enfatiza la importancia de una acción más coordinada y decisiones más ágiles para mantener la competitividad. Esto incluye la actualización de las normas de competencia de la UE para permitir que las empresas europeas crezcan y compitan a nivel global.

El denominador común de los tres es la necesidad de incrementar la inversión hasta alcanzar el 4,7 % del PIB de la UE, lo que equivale a aproximadamente 800.000 millones de euros anuales. Este aumento es esencial para cerrar la brecha con economías como Estados Unidos y China en áreas clave como innovación, digitalización y transición energética.

Ya sea el militar, el comercial o el tecnológico, todos los caminos conducen a la industria. Y ésta tiene que reducir sustancialmente las dependencias tecnológica y energética. Respecto a la primera, no parece tener mucho sentido estratégico que la presión de Estados Unidos para que los países europeos incrementen su gasto militar y así sean menos dependientes del poderío norteamericano se traduzca en una compra masiva de armas a este mismo país; armamento que, por cierto, es dependiente en términos tecnológicos.

Y respecto a la segunda, tampoco parece recomendable que sustituyamos la dependencia del gas ruso por el estadounidense. De hecho, la UE importa alrededor del 58 % de su energía, según Eurostat.

En consecuencia, Europa debe buscar una mayor independencia en todos los ámbitos, especialmente en aquellos que refuercen la competitividad de sus empresas. Las dos armas más eficaces para reducir la dependencia energética son el desarrollo de las energías renovables y la eficiencia.

Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), por cada euro invertido en eficiencia energética, se ahorran hasta dos euros en producción y distribución de energía. Y cada 1 % de mejora de la eficiencia reduce en 2.600 millones de euros la factura de importaciones energéticas de la UE.

La industria europea consume cerca del 25 % de la energía total del bloque. Mejorar la eficiencia en este sector podría reducir el consumo energético en un 25-30 % para 2030, de acuerdo con los análisis de la IEA. Sectores como el metalúrgico, químico y cementero pueden beneficiarse enormemente de la eficiencia energética para reducir costes y mejorar su competitividad frente a China y Estados Unidos.

Al evidente impacto económico se añade el beneficio medioambiental. Europa no debe desfallecer en la lucha contra el cambio climático. En este sentido, la eficiencia energética ha sido responsable de más del 40 % de la reducción de emisiones de CO₂ en Europa desde 1990. Las mejoras en eficiencia energética podrían reducir en un 20 % adicional las emisiones para 2030, alineándose con los objetivos del Pacto Verde Europeo.

La diferencia entre un sueño y una visión es que la segunda implica movimiento. Europa ha de moverse con mayor rapidez y agilidad para no convertirse en un actor dependiente de lo que ocurra más allá de sus fronteras y reconstruir la visión de una federación de Estados capaces de defender una visión del mundo democrática, liberal y de progreso. Afortuna o desafortunadamente, Trump se va a empeñar en recordárnoslo durante los próximos años.