No les hagas mucho caso, de verdad. Primero, por una cuestión de salud: a tu edad no conviene sulfurarse demasiado, no te vaya a pasar como al Tomate, mi tutor en séptimo de Primaria, que cuando se enfadaba con nosotros –que sucedía a menudo, pues era muy susceptible– se le ponía la cara tan roja que una vez le dio un perrenque y ni un cargamento de Enalapril consiguió bajarle la presión arterial; el segundo responde a la fórmula de la razón práctica, esto es, comedia es igual a tragedia más tiempo. “El tiempo es el que es”, rezaba el tagline de una estupenda serie española, pero es que el de nuestra era va muy, pero que muy rápido. A esta velocidad supersónica de Halcón Milenario, KSG y sus obras completas acabarán muy pronto compartiendo cama con el soplamocos de Will Smith a Chris Rock, la afasia temporal de Warren Beatty o las bilbainadas de Mel Gibson.
Sin embargo, de todos sus picotazos, hay uno que me ha llamado especialmente la atención, no tanto por su contenido, que es una sobrada –hablando así, a la pata la llana–, sino porque lo emparenta involuntariamente con la vida y obra de otra mujer, colega de business y la gran cancelada de todos los tiempos, por su obra y por su persona, ambas cosidas por la misma oscuridad. Dicho tuit viene a blanquear al nazismo diciendo que el Holocausto deviene de una creencia/opinión de Hitler: “Hitler creía que su pueblo era divino y pertenecía a una raza superior. Todos acabaron con él”. Y lo une directamente con la Iglesia cristiana y el Islam.
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Leni Riefenstahl
Esta mujer tangencialmente referenciada es Leni Riefenstahl. Una nazi de arriba a abajo. Y una de las cineastas más influyentes y talentosas de la Historia.
Existe un rancio-aforismo maximalista de primero de tertuliano que seguro conoces: aquel que predica separar en todos los casos la obra artística de los comportamientos –abyectos o no– de su creador, poniendo como paradigmas machirulos a Pablo Picasso –misógino y presunto maltratador– o, yéndonos más lejos, a Caravaggio –convicto no presunto y asesino confeso–. Esta digresión predisciplinar de barra y palillo puede que tenga algo de sustrato en su reflexión de cierto anacronismo en el contexto histórico, pero su reduccionismo infantiloide no atiende a las zonas grises que tú y yo sabemos que son las mayoritarias.
Leni Riefenstahl fue una ferviente nacionalsocialista totalitaria y contribuyó activamente con su arte a divinizar el nazismo y adoctrinar a la masa amorfa; sin embargo, su obra cinematográfica es estudiada en todas las escuelas de cine. Doy fe de ello.
Si la googleas, lo primero que te sale es su wiki-definición: “Leni Riefenstahl está considerada como una de las figuras más controvertidas de la historia del cine: sus críticos han catalogado su trabajo como propaganda del nacionalsocialismo, aunque para otros fue una cineasta innovadora y creativa”. Esta es la woke-definición por excelencia, pues su conjunción adversativa “aunque” la delata: vamos, que no se puede ser pro nazi y genial en tu arte al mismo tiempo. AUNQUE: o lo uno, o lo otro. Polarización. Wokeismo.
Y “aunque” lo diga la Wikipedia, Riefenstahl fue ambas cosas: enamorada hasta las cachas de la doctrina del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) fundado por Hitler, fue la encargada de apuntalar la siniestra maquinaria del Partido Nazi una vez en el poder con el mecanismo más vigoroso y masivo: el cine. Convertida en la cineasta oficial del Tercer Reich, protegida del Führer (quizá algo más) y consolidada por Goebbels, dirigió dos obras maestras a mayor gloria del nazismo: Olympia (1938) y, sobre todo, El triunfo de la voluntad (1935). Ambas son magistrales y vanguardistas piezas artísticas que sentaron las bases de todo el cine documental que se ha hecho después.
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‘El triunfo de la voluntad’, de Leni Riefenstahl
Sus revolucionarias técnicas narrativas, inéditos movimientos y posiciones de cámara -suyo es el famoso contrapicado que representa a Hitler como un ser cuasi mitológico- la utilización del montaje expresionista para cargarlo de simbología y de la música extradiegética y distorsionada, la cámara lenta o el plano subjetivo, entre otros muchos hallazgos, no esconden, sin embargo, una devoción militante ante lo narrado, especialmente en El triunfo de la voluntad (1935), el documental propagandístico por excelencia y en el que plasma el desarrollo del congreso del Partido Nacionalsocialista de 1934: su mirada arrebatada hacia las masas hitlerianas solo puede plantearse desde una postura inequívoca y activa. Pero también su aportación a la evolución de la gramática en el cine fue tan poderosa que millones de alumnos estudian y analizan minuciosamente su obra en las escuelas de audiovisuales, yo entre ellos en su momento y sabiendo perfectamente que su autora era una nazi, de la misma manera que estudiamos a David W. Griffith, el racista sureño que inventó el lenguaje cinematográfico.
Caída en desgracia tras la Segunda Guerra Mundial, Riefenstahl fue descubierta y detenida por un miembro del equipo del maestro John Ford, zafiamente acusado también, por cierto, de fascista y de racista. Cómo es la Historia cuando te mueves en sus márgenes: siempre acaba dándote un tortazo. Por supuesto apostató del nazismo con la nariz tapada, fue canceladita –o como se llamara– y acabó sus largos días, más de cien años exactamente, rodando inocentes documentales sobre buceo submarino y nada inocentes trabajos fotográficos sobre la tribu de los Nuba en África, donde se deja entrever tras las costuras su estética supremacista.
Leni Riefenstahl fue una innovadora en el lenguaje del cine y una racista antisemita. Un genio en su disciplina y una cobarde. Una revolucionaria formal y una cínica vital. Su obra no fue inocua, no pintaba bodegones ni meretrices francesas, ni se puede separar de su persona. Sin embargo, está en los libros y la estudiamos, porque es inevitable. Karla Sofía Gascón probablemente no tenga ni el talento de la uña del pie de Leni y, desde luego, ni sus actos ni sus interpretaciones van a cambiar el devenir de la humanidad. Una será eterna; la otra durará lo que un soplido de Méliès.
P.D. A la velocidad a la que viaja este relato nuestro de cada día no te extrañe que, en un magistral punto de giro hollywoodiense, Karla Sofía Gascón escenifique su redención apareciendo por sorpresa en la gala de los Oscar, bajo palio, como Elizabeth Taylor en la Cleopatra de Mankiewicz y sostenida por seis varales: un negro, un judío, un musulmán, Zoe Saldaña, Selena Gomez y el bocazas de Jacques Audiard. Eso sí que sería de barra de bar y palillo.