Hay libros que pasan de puntillas por la historia, silenciosos, ignorados, casi secretos. Obras que no gritan. Obras que no se exhiben en las estanterías de novedades ni se adaptan al cine con efectos especiales. Pero que, sin embargo, contienen mundos enteros. Algunos de esos títulos son los libros más raros de la historia.
El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, es uno de esos títulos inclasificables. Una rareza literaria tan inclasificable como fascinante, que con el paso de los años se ha ganado un hueco entre los libros más raros de la historia.
Pese a su ambición desmesurada, a su belleza formal y a su estructura única, El cuarteto de Alejandría permanece a menudo fuera del radar del lector medio. No es fácil de encontrar en librerías generalistas. No suele estar en los rankings de los más vendidos. Y, sin embargo, quien lo ha leído no suele olvidarlo.
Una obra inclasificable
Hay razones de peso para considerar a El cuarteto de Alejandría como uno de los libros más raros de la historia. Su estructura, para empezar, desafía todas las convenciones narrativas. Durrell escribió cuatro novelas —Justine, Balthazar, Mountolive y Clea— que cuentan, en apariencia, la misma historia, pero desde ángulos distintos.
No hay una cronología lineal ni una voz dominante. Lo que importa no es tanto lo que sucede, sino cómo se percibe.

Durrell lo definía como un “relato en espiral”. Los tres primeros volúmenes se desarrollan de forma simultánea, en paralelo, mientras que el cuarto actúa como una suerte de epílogo o resolución. Esta estructura cuántica, que juega con la relatividad del punto de vista, le ha valido su lugar en la lista de los libros más raros de la historia.
Una Alejandría que nunca existió… o quizá sí
Otro de los elementos que convierte esta tetralogía en uno de los libros más raros de la historia es su ambientación. La Alejandría de Durrell es un lugar hipnótico, irreal, casi onírico. Una ciudad donde Oriente y Occidente se funden en un caldo de cultivo de pasiones, conspiraciones, poesía, exilio y decadencia. Más que una localización geográfica, Alejandría es un estado del alma.
Durrell vivió allí durante los años cuarenta, cuando trabajaba como diplomático británico. Pero la ciudad que retrata en su obra poco tiene que ver con la realidad documental. Está estilizada, embellecida, deformada. Es una ciudad sensual, literaria, donde los personajes aman, mienten, sufren y se traicionan entre ruinas y luces doradas.
Esa Alejandría ficticia es, sin lugar a dudas, uno de los grandes méritos que han hecho de esta obra uno de los libros más raros de la historia.
Erotismo, filosofía y espionaje
¿De qué trata exactamente El cuarteto de Alejandría? Es difícil responder. Hay una trama de fondo. Un triángulo amoroso entre Darley (el narrador), Justine (una mujer fascinante y escurridiza) y Nessim (un rico copto con inclinaciones místicas). Pero también hay subtramas políticas, espionaje, tensiones religiosas y mucho pensamiento filosófico.

Durrell introduce reflexiones sobre la naturaleza del amor, el tiempo, la percepción y la memoria. A veces parece que estamos leyendo una novela de espionaje. Otras, un tratado de mística sufí. Y a menudo, una obra poética disfrazada de narrativa. Esa fusión de géneros, ese carácter anfibio, es otra de las razones por las que este título brilla con fuerza entre los libros más raros de la historia.
No es una lectura sencilla. Durrell escribe con una exuberancia formal que desconcierta a quienes buscan frases limpias y directas. Su prosa es recargada, sensorial, profundamente estética. Cada página es un mosaico de imágenes, olores, pensamientos. Alejandría no se describe: se intuye, se huele, se palpa.
Esto, para muchos, convierte la lectura en un placer. Para otros, en una dificultad. Pero nadie puede negar que es una de las voces más particulares del siglo XX. Y precisamente esa voz es la que ha hecho que El cuarteto de Alejandría sea considerado uno de los libros más raros de la historia. Porque no se parece a nada.