Cada mañana, Vidal Escabias, que es en realidad un androide –un Denver-7 infiltrado en las atestadas calles de Barcelona–, elige aleatoriamente un libro de los 71 que reposan en las estanterías de un cuarto mal oscuro y que ha heredado de su jefe, el difunto escritor Altobelli. El objetivo es crear un canon literario “desplazado, intempestivo e inactual” pero, a la vez, apto para nuestros días. “Todo está en los libros”, explica Enrique Vila-Matas, misterioso, esquivo y, a la vez, transparente. Y lo que no está, lo crea él.
En su novela anterior, Montevideo (Seix Barral, 2022), Vila-Matas exploraba la búsqueda del “cuarto propio del escritor” y la configuración de un estilo literario personal. La narrativa se centraba en la visita a la habitación 205 del emblemático Hotel Cervantes en Montevideo, escenario del cuento La puerta condenada de Julio Cortázar. A través de esta trama, Vila-Matas tejía una obra llena de intertextualidad y referencias literarias, reflexionando sobre la ambigüedad y la naturaleza de la creación artística.
Y ese mismo camino continúa en Canon de cámara oscura, su nueva novela y con la que regresa al registro de la celebrada Bartleby y compañía: una reflexión sobre el propio acto de lectura y escritura con un autor consagrado y extremo que va más allá en su indagación sobre el sinsentido y la ficción como forma de vida. Por ser ávido lector, cuida el gozo de sus lectores; por ser entregadísimo escritor, se excede en su prosa, con la que busca, como él mismo dice, “el sentido último de la escritura”.

Canon de cámara oscura tiene una trama compleja, con un protagonista que resulta no ser humano.
Es Vidal Escabia, un Denver-7 creado por Boulder Corporation, padre de Ryo y viudo de Aiko, que vive infiltrado entre los humanos. Como los otros Denver-7, fue programado para vivir cuatro años, pero tiene una vida de duración indefinida gracias a un grave fallo en su energía eléctrica provocado por el ‘Gran Apagón’ de Barcelona, que recuerdo bien, explica su creador. Hay un momento en el que el propio protagonista va a ser descubierto y ahí reconoce que no es humano, y e lector sabe que está en manos de un narrador de androides que se humanizan tanto que quieren asesinar.
Vidal selecciona a autores como Musil, Barthes o Ribeyro para su canon literario. ¿Se parecería su canon al de Vila-Matas?
No, pero en sus elecciones no hay ni un solo libro que me moleste. Son libros que yo apruebo también. De hecho, son los que he manejado en mi despacho durante un año y medio. Sería, pues, un diario de lecturas. Es un canon de 70 libros, pero al final solo aparecen 35. Ya sé que es un poco confuso, pero es una ficción; la ficción de alguien que hace un canon que se sospecha que podría no ser de este mundo. El autor deja abierta esa parte para que nunca se sepa… y para que nadie se ofenda. Pero repito que esos libros no son necesariamente los míos.
El autor vive en el presente, pero hay varios niveles de narración.
Efectivamente, el autor habita siempre en tiempo presente, y el narrador se refugia en un agujero, como un insecto en un cuento de Kafka.
Y hay una tercera voz, un infiltrado en la voz del autor. Es difícil que encuentre a un narrador más extremo y lejano a mí, una voz muy libre, de otro mundo. Alguien que no ha nacido, sin infancia, sin padres ni abuelos, pero con una hija que le pregunta de dónde sale y debe explicárselo. Por eso, el resultado es un libro muy libre. Godard decía que entraba cuando quería al cine, podía entrar en cualquier momento de una película, porque así se construye la ficción.
¿Qué significa que es el narrador más alejado a usted?
Esa voz, en el momento en que el protagonista confiesa ser un androide, es el Vila-Matas extremo: todos los libros tienen voces distintas a mí, pero en este caso está fuera del tiempo y de espacio. Él alimenta en su cerebro no sólo su condición humana, que la tiene, sino la condición androide de la que procede. Busca el origen de la escritura en la Yierra pero también en su mundo: se resiste a perder la información que “no conoce”, que es el origen de su condición extraterrestre.

¿Este libro conecta con sus orígenes, con Historia abreviada de la literatura portátil?
Conecta con todos mis libros. Hay siete títulos más afortunados, pero conecta con lo que es la obra de mi vida. Llevaba mucho tiempo hablando y escribiendo como Kafka: buscando la obra a través de la obra, que él nunca encontró (porque no la encuentra nadie).
Este libro parece una cuenta pendiente de Vila-Matas consigo mismo, o un homenaje a la Biblioteca de Tabares…
Sí, pero quedan muchísimos autores fuera. El protagonista actúa al azar. Entra en el cuarto oscuro una vez al día, lleva libro a la luz, al ventanal, y lo ilumina, literal y metafóricamente hablando. Es un canon de fragmentos, que comenta y archiva, pero no es el bien absoluto, aunque no aparece ningún libro que me disguste. He escrito sobre los libros que, a lo largo de un año y medio, he leído al azar, y dentro del azar de cada día: de hecho, se trata más de un diario de mis lecturas que de otra cosa.
Hay un adjetivo, el de “raro”, que siempre se le ha aplicado, a usted y a su literatura. ¿Se ha acostumbrado?
Sí. Está superado. Antes decía que no era raro, sino singular. Ahora he abrazado mi rareza. He montado una literatura que no creo que tenga parangón.
¿Por qué para hablar de la humanidad y de lo humano lo hace a través de un androide? ¿De dónde nace este interés?
Es casual, no es tan importante. Es una voz que me da una enorme libertad. A veces cuando él habla, le interrumpe la voz que viene de otro mundo. Eso me permite moverme de un lado para otro. De todas formas, en cuanto publiqué el libro dejé de emplear la palabra “androide”m porque la gente se frenaba con ella. No es una novela de ciencia ficción ni tiene nada que ver con eso; es llevar al extremo la narración, es el narrador que podía haber escogido más lejos de lo ordinario, alguien que está completamente fuera de la realidad: no es humano.
Para ser escritor, el protagonista no tiene infancia, no tiene pasado, no ha nacido… pero construye el canon. ¿Cómo es posible? ¿Qué opina usted del canon?
Este canon es azaroso. Ni en canon, ni el androide, ni la trama tienen demasiado que ver con el libro. Son particularidades que permiten pensar al lector activo; este es, de hecho, el libro más abierto que he escrito nunca. Mi obra es un tapiz que se dispara en muchas direcciones. He hecho lo mismo que venía haciendo pero con otros detalles y, de nuevo… se puede entrar en cada fragmento.

¿Tampoco le interesa la inteligencia artificial?
No me interesa nada. Pero sí me ha sorprendido que soy el primer escritor que narra una novela hecha por un humano colocándose en el lugar de la inteligencia artificial sin serlo. Me ha gustado ser siempre el primero y me propuse ganar la partida a la IA. ¿Como creador tiene unos riesgos? No lo creo: yo añado todo lo que sé y gano la partida a la inteligencia artificial. Soy capaz de suplantarla, de utilizar mis conocimientos para vencerla.
¿El proceso creativo de qué se alimenta?
Es una forma de vivir. Escribir es vivir. Pero pongo por delante pasar por la tierra habiendo querido y siendo querido. La literatura es la forma de vida que he encontrado que tiene más sentido para mí. Y eso que yo pienso que no hay mucho sentido… hay que hacer lo que se pueda. Me gusta la literatura como me gustan el cine y el fútbol, pero no soy un fanático de la literatura.
¿Podría prescindir de leer?
No, de leer no. De escribir… siempre he tenido esa pregunta. Ahora mismo llevo dos meses sin escribir y, sin embargo, todo lo que vivo es como que lo estructuro en mi cabeza como un cuento corto. Todo lo que vivo es susceptible de ser literaturizado. Todo es narrable. No soy un fanático de la literatura, pero es lo que da sentido a mi vida, como el amor. Tengo la necesidad de vivir literariamente, aunque pueda parecer extraño. He pasado de no tener qué contar a vivirlo todo literalmente, a que mi vida esté cercada por la literatura. Supongo que es defecto profesional, pero también me ocurren cosas raras, coincidencias que no lo son.
¿Cuál cree que es “el mal indefinido” que está por llegar, como anuncia en esta novela?
Creo que es definible, sí, aunque lo expresara en una sola línea. Esa línea dispara el libro hacia otra dirección. Me complace hacer llegar a Barcelona el mal indefinido; lo digo ahora, que estoy en el exilio. No sé si lo puedo definir, pero desde luego es muy inquietante lo que viene.
¿Cree que la realidad interesa cada vez menos?
Lo que hago es realista completamente. Yo aumento y expando la realidad actual, tan ambigua. La realidad es compleja y ambigua; es más compleja que nunca. Pero participo de la realidad: nadie cree en lo que inventas, pero sí cree en los libros. Nadie cree ya en fantasmas del todo. Además en El Quijote ya se da esto: no se puede cruzar al otro lado del espejo. Una cosa es lo que eres y otra lo que representas, lo que relatas, lo que cuentas. Pero por mucho que intente reproducir lo real no voy a llegar. Voy a ser claro con algo: yo siempre me he creído lo que he escrito. Hay que creerme en esto. Una vez dijeron de un libro mío que era “ficción radical”. Yo creía que lo que había escrito era algo real. Todo lo que pienso es real, lo que sueño es real, veo la realidad con menos fronteras que otros, supongo.
Si la realidad es ambigua, ¿tienen los escritores la obligación de rebatir lo que sucede?
Yo lo hago en mis artículos. Pongo en duda que haya personas cuerdas. Pero no hay “obligación de nad”a. Hace años que no se le da a la literatura el papel que tenía antes. Lo dijo en una entrevista Julian Barnes: en Inglaterra nadie hace caso a la opinión de los escritores. La literatura iba siempre paralela al poder, y aunque Canetti dijo que el escritor debía comprometerse, dijo también que es posible frenar la guerra con las palabras. Hay que ser muy valiente para pensar que la literatura frena las guerras.